DANTE
No me gustan los problemas. Los evito. La cocina es mi terreno, mi orden, y no tengo paciencia para los que vienen a meter ruido donde no los llaman.
Pero esa noche, ella volvió. La vi entrar por la puerta de La Brasa Oculta como si el lugar le perteneciera, con un grupo de amigos que reían demasiado alto y gastaban demasiado dinero.
Era complicado no fijarse en ella. Vestida de negro esta vez, con un vestido que se pegaba a su cuerpo como si quisiera gritarle al mundo que estaba ahí y no estaba dispuesta a ser ignorada. Brillante. Perfecta. Una sonrisa que decía que todos debían arrodillarse. Todos menos yo.
La ignoré. Como la primera vez. Seguí cortando cebollas, el cuchillo deslizándose con un ritmo que me mantiene cuerdo. El restaurante estaba lleno, el calor subía desde las sartenes, y mis chicos corrían de un lado a otro con bandejas. No tenía tiempo para tonterías. Pero entonces uno de ellos, el nuevo —un flaco que no abandona su pinta de torpe—, se acercó a la cocina con