DANTE
Estoy boca arriba en la cama, mis manos descansando sobre mi pecho, el sudor todavía pegándome la piel mientras miro el techo. Serena se fue hace cinco minutos, su perfume todavía flotando en el aire, un recuerdo dulce y afilado que se mezcla con el olor de las sábanas revueltas.
La puerta se cerró tras ella con un clic suave, y desde entonces no me he movido, atrapado en este momento que no sé cómo descifrar. Doy una vuelta en la cama, mi cuerpo pesado, y sumerjo la cara en la almohada donde ella apoyó la cabeza. Huele a ella, a su pelo, a su piel, y suelto un gruñido bajo, un sonido que sale de mi garganta sin permiso, mitad frustración, mitad algo más profundo que se que más adelante temeré.
Ahora es mi amante. Me he convertido en su amante. Las palabras se repiten en mi cabeza, golpeándome como un martillo contra metal caliente, y siento una corriente extraña recorriéndome el pecho: miedo, puro y frío, mezclado con una emoción que me acelera el pulso. No sé qué demonios esto