Mientras él estaba sentado en una esquina, sus hermanos se reían de él, Dante había reído tanto que se sujetaba el estómago para intentar minimizar el dolor que había dejado todas las carcajadas, pero, de todos modos, no paraba de reír.
—¡Te juro que fue lo más gracioso de toda la semana! Y todavía en la cena estábamos con eso.
—¿Cómo iba a saber que tu mujercita era una tramposa?
—No hubo reglas, Nico. Ella fue más inteligente que tú, no te avergüences, solo admite que perdiste ante ella.
—¡Pe