Mientras él estaba sentado en una esquina, sus hermanos se reían de él, Dante había reído tanto que se sujetaba el estómago para intentar minimizar el dolor que había dejado todas las carcajadas, pero, de todos modos, no paraba de reír.
—¡Te juro que fue lo más gracioso de toda la semana! Y todavía en la cena estábamos con eso.
—¿Cómo iba a saber que tu mujercita era una tramposa?
—No hubo reglas, Nico. Ella fue más inteligente que tú, no te avergüences, solo admite que perdiste ante ella.
—¡Pero no para que te burlaras de mí!
—Y lo haré cada vez que te veo.
—Me sumo— dijo Dante—. No puedo creer que Chiara nos haya dado material para devolverte todas las que nos has hecho.
—Ahora verán— se puso de pie, ya cansado de las burlas de sus hermanos, corrió hacia ellos, pero antes de llegar Dante y Daniele ya estaban corriendo para alejarse de Nico y no dejarse atrapar, parecían niños pequeños, parecían todo menos tres adultos con responsabilidades y trabajos.
Daniele fue el primero en salir