Señales Ocultas.
El día siguiente amaneció gris y húmedo, con un viento extraño que se colaba por las rendijas de la ventana de mi oficina, arrastrando consigo un frío que parecía penetrar los huesos.
Noah no estaba conmigo; la niñera y los guardias lo habían dejado en casa, protegidos, y aun así mi corazón se negaba a relajarse. No dormí del todo; apenas fragmentos que me dejaban más alerta, más consciente de cada sonido.
Cada clic, cada crujido del piso, cada respiración ajena parecía exagerada, como si algui