La Confrontación.
No dormí más de dos horas. Entre la ansiedad, el peso en el pecho y la sensación constante de que todo puede derrumbarse en cualquier momento, me desperté antes del amanecer con el corazón martillando.
Me quedé recostada unos segundos, mirando el techo, tratando de que mi respiración siguiera un ritmo aceptable. No funcionó. Al final, me levanté, me preparé un café que sabía a metal, y me obligué a salir de casa como si fuera una versión automatizada de mí misma.
El día en la oficina empezó com