La Caída de Caelan Vance.
La oficina estaba vacía. El silencio era absoluto, salvo por el tic-tac de un reloj lejano y el zumbido constante del aire acondicionado que llenaba el espacio con un murmullo monótono.
Cada vez que cerraba un archivo, esperaba que él apareciera; cada mensaje no contestado se sentía como un puñal que giraba lentamente en mi pecho.
Caelan no estaba. Dorian tampoco. Había llamado, escrito, enviado mensajes… y nada. Ni una palabra, ni un indicio, nada.
Me levanté y caminé hacia la ventana, apoyand