Esa Noche.
Sus hombros subían y bajaban de manera irregular, y cada temblor de su cuerpo me atravesaba el alma. No había palabras que pudieran reparar el dolor que sentía, y aun así, el silencio entre nosotros era un bálsamo momentáneo.
Su fragilidad me mostraba lo que siempre había sospechado: que la fachada de perfección que todos temían no era más que una coraza que había estado intentando sostener durante años.
Lo ayudé a levantarse, guiándolo con delicadeza hacia la salida de la oficina. Cada gesto