Golpes Bajos.
No dormí, no creo haber cerrado los ojos más de cinco minutos seguidos.
La madrugada se estiró como un hilo delgado a punto de romperse, mientras Noah respiraba sobre mi pecho, tibio, pequeño, completamente ajeno al peso que me aplastaba el esternón.
Cada vez que apretaba la carta entre los dedos, esa hoja simple, anónima, torcida en los bordes, el mensaje parecía grabarse más profundo en mi piel: “Cuida a tu hijo.”
No había firma, no había detalles, no había rastro, solo esa frase como un sus