Estrés.
La oficina estaba silenciosa, pero no tranquila. Cada escritorio, cada silla fuera de lugar, cada papel caído parecía gritarme que nada de lo que pensaba que controlaba seguía bajo mi mando.
Después de la irrupción de Lina, todavía sentía la adrenalina en el pecho, ese nudo que no se deshace aunque te obligues a respirar profundo.
Me quedé apoyada en el borde de mi escritorio, las manos cruzadas sobre la superficie fría, sintiendo el peso de todo lo que había quedado atrás y lo que aún venía.
M