El Libro.
El edificio parecía más gris de lo habitual cuando llegué esa mañana, como si el cielo hubiera decidido calcar mi humor y proyectarlo sobre cada superficie de Ravenshire. El aire estaba frío, casi cortante. Había dormido mal, no por pesadillas, sino por el eco constante de mis propios pensamientos.
Tres días después de la cena con Dorian y del estallido que prefería no recordar, aún me sentía como si caminara con vidrios rotos en el estómago.
Noah había amanecido dulce, con esa sonrisa que siem