El silencio volvió a envolverlos. Las risas de Carlos y Luna parecían escucharse desde muy lejos, erosionadas por el estruendo de los pensamientos de Lucía. Tenía los labios secos y una culpa asfixiante le oprimía la garganta. Rafael la miraba con una autenticidad pura; él recordaba cada detalle de su furia adolescente y su preocupación era real.
Lucía quería gritar. Quería tomar la mano de Rafael y confesarlo todo: que su matrimonio no era más que un contrato frío, un teatro para salvar al Hog