— Alicia, ¿Qué haces? — Gruñó Ania, evidentemente tensa.
— ¿Crees que me vas a enviar a prisión? — Alicia sonrió sarcástica, meneando la lata con el contenido que le quedaba. — Estás muy equivocada…
— Estás… ¿Estás loca? ¿De verdad prefieres suic!darte? — Preguntó Ania, dando un paso hacia su hermana.
— ¡No te acerques! — Alicia levantó la lata.
— ¡Señora Anderson, vamos a entrar! — Voceo la policía, abriendo la puerta al mismo tiempo que Ania gritaba.
— ¡No!
Y apenas Alicia los vio, no