El retroceso del arma me golpeó la palma de la mano con la fuerza de un latigazo. El estruendo resonó en las paredes de hormigón del búnker subterráneo, seguido inmediatamente por el olor a pólvora quemada; un aroma áspero y metálico que, de forma perturbadora, empezaba a resultarme más familiar que mi propio perfume.
Bajé la pistola lentamente. A quince metros de distancia, la silueta de papel negro mostraba una agrupación de tres agujeros perfectos justo en el centro de la cabeza.
Alejandro,