Me miré en el inmenso espejo de cuerpo entero del ático, pero la mujer que me devolvió la mirada ya no era la estudiante de Economía asfixiada por las facturas médicas de su madre. Tampoco era "Lara", la joya más codiciada envuelta en disfraces y sonrisas falsas. Esta noche no llevaba un vestido de seda negra que se adhería a la piel como una segunda intención. Opté por un traje sastre oscuro, de corte impecable y hombros estructurados, sin absolutamente nada bajo la chaqueta cruzada. Era una a