El sol de la mañana bañaba los inmensos jardines de la finca con una luz dorada y engañosa. A través del ventanal del pasillo, el paisaje parecía un paraíso renacentista, pero las patrullas armadas que cruzaban el césped cada quince minutos me recordaban la verdadera naturaleza de aquel lugar.
No era un santuario. Era una fortaleza.
Caminé hacia el ala sur, donde se encontraba la habitación de mi madre, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. La adrenalina de la noche anterior en La Cámara