Capítulo 30
Sus dedos se deslizaron hasta su centro, ya húmedo. Sus diestros dedos la masajearon con una lentitud tortuosa, provocando un escalofrío que la hizo arquear la espalda.
— Ahh… — El gemido se escapó antes de que pudiera contenerse.
— Apenas te toqué, querida… — Augusto gruñó, pero las palabras murieron en su garganta cuando encontró el punto exacto: aquel nódulo hinchado, palpitante bajo sus dedos. Ella se estremeció, un suspiro atrapado en sus labios, y él supo exactamente qué hacer