MARIO
Como la estudiante sobresaliente que es, Pilar llega a mi edificio quince minutos antes, cargando dos docenas de rosas rojas de tallo largo y una bandeja de fresas cubiertas de chocolate de doscientos cincuenta dólares. La espero justo cuando sale del ascensor hacia mi vestíbulo.
—Encantadora, señorita Silva —digo, dejando absolutamente en el aire si me refiero a ella o a las cosas que me ha traído. Puedo sentir el calor de su rubor mientras le quito todo de las manos y le hago un gesto p