Caía la tarde en un juego de colores que lejos de parecer hermoso se convertía en la señal de que pronto todo cambiaría.
Stefano pidió que lo encadenasen, aun cuando Adara suplicó que no. El camino de regreso se convirtió en una tortura por su silencio.
Adara lo miraba de cuando en cuando, mientras veía como la noche se apoderaba de la inmensidad.
Cuando vieron la torre sintieron alivio, Stefano con la mirada al suelo se entregaba a su cruel destino.
Timelot lo ató y él comenzó a inquietarse y más cuando vio a la joven cerca de él.
—¡Aléjate de ella!
Ya la bestia se apoderaba de su ser. Adara le pidió a Timelot que se fuera, por en medio de las rejas del ventanal, veía cómo se alzaba la luna majestuosa, inmensa y como la luz que emanaba cubría a su esposo.
Este brilló y comenzó a retorcerse, dando gruñidos por el dolor que experimentaba el cambio.
Vio como sus extremidades se retorcían y parecían quebrarse y el pelaje azul apoderarse poco a poco de su cuerpo.
Su rostro adquiría los ras