Dicen que todo tiene su precio, pero la libertad costaba oro, vida y almas, pensó Agar.
Sus días en la cueva mal oliente habían pasado como una exhalación y ahora, rodeada de joyas y piedras preciosas, se sentía compensada.
Cada vez que contemplaba el rubí de porte exuberante en su dedo, Agar sentía una profunda satisfacción.
Era una mujer sabia, pero no de la buena sabiduría: la suya era oscura, la que mueve demonios y corrompe almas.
Sus maldades se habían convertido en leyendas que helaban l