Lyra le puso sus garras en su cuello.
—Miren a quién tenemos aquí.
La empujó a la sala en donde todos la miraron.
—¡Adara! —se levantó Orestes.
—Yo… Soñé con mi papá, me llamaba… —intentó parecer afligida—, creí que era real.
Lysandro miró a la bella joven que olía delicioso y se levantó.
—Preséntame a tu amiga.
—Adara, ella es mi… Novia.
—Vaya.
Se acercó a la joven que podía sentir lo poderoso que era y él la olfateó.
—Huele a flores, es una dulce, dulce doncella.
—Sí, ella ha pasado por mucho—fue a ella—, debes volver a tu habitación.
—Pero mi padre…
—Adara, tu padre está muerto.
—No, es mentira… Yo lo escuché.
Lyra les dijo.
—Parece loca.
—Ha sufrido mucho.
Lysandro la agarró del brazo.
—Soy experto en sufrimiento.
La acarició con lascivia.
—Y está muy apetitosa.
—Mi novia debe descansar, su cabeza está muy mal.
—Solo atraes locas —se le rio.
Ordenó que la llevaran hacia su habitación y ella preguntó al soldado.
—¿Quién es ese hombre?
—Es Lysandro, el rey de los Grises.
Ella abrió