Inicio / MM Romance / La Doble Vida de Kira / # Capítulo 7: La línea que no debía cruzar
# Capítulo 7: La línea que no debía cruzar

 

Esa noche, el gimnasio clandestino estaba casi vacío, pero mi mente estaba llena de pensamientos que no me dejaban concentrarme en el entrenamiento. Cada golpe que daba al saco resonaba con la misma cadencia: **Adrián**. *Golpe*. **Petrov**. *Golpe*. **El peligro**. *Golpe*. **Y lo peor… la forma en que Adrián me miraba**.

 

Desde la entrada, Marco, con su figura robusta y su mirada siempre alerta, observaba mis movimientos con atención.

 

—Vas a romper el saco —comentó, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

 

Bajé los guantes, sintiendo el sudor frío en mis manos.

 

—No sería la primera cosa que rompo aquí —respondí, intentando mantener la ligereza en mi voz.

 

Marco dejó escapar una risa baja, pero su expresión se tornó seria rápidamente.

 

—Tienes otra pelea mañana —me recordó, y asentí con la cabeza.

 

—Lo sé.

 

—Pero hay algo que deberías saber.

 

Sus palabras me hicieron alzar la mirada, buscando respuestas en su rostro.

 

—¿Qué cosa? —pregunté, sintiendo un nudo formarse en mi estómago.

 

Marco dudó un momento, como si sopesara la gravedad de sus palabras.

 

—La gente de Petrov está preguntando por ti.

 

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, como si una sombra oscura se hubiera posado sobre mí.

 

—¿Qué? —murmuré, el miedo asomando en mi voz.

 

—No sé por qué —continuó—, pero están interesados.

 

Perfecto. Justo lo que necesitaba. Más problemas. Tomé mi mochila con movimientos mecánicos, intentando digerir la información.

 

—Me voy —dije, con un tono más firme del que sentía.

 

—¿Kira? —Marco me llamó justo cuando me disponía a salir.

 

Me detuve, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda.

 

—Ten cuidado —dijo Marco, con una preocupación genuina en su voz.

 

Asentí. Pero sabía que ya era demasiado tarde para eso.

 

Al salir del gimnasio, el aire nocturno estaba frío, abrazándome con su manto gélido. Nueva York nunca duerme, pero en ese momento, las calles parecían más silenciosas, como si la ciudad contuviera la respiración. Me dirigí hacia la esquina para tomar un taxi, pero entonces lo vi. El mismo auto negro de la noche anterior. Apoyado contra él, con los brazos cruzados y una expresión inescrutable… Adrián.

 

Suspiré, sintiendo una mezcla de frustración y alivio.

 

—¿Ahora también me esperas fuera del gimnasio? —pregunté, intentando sonar indiferente.

 

—Sí —respondió, su voz firme pero cargada de algo más.

 

—¿Por qué? —insistí, cruzando los brazos sobre el pecho.

 

—Porque eres terca —respondió, dando un paso hacia mí.

 

—Eso no es una razón.

 

Adrián se acercó, y la luz de la calle jugó con las sombras de su rostro, dándole un aire misterioso.

 

—Marco habló con alguien de Petrov hoy —dijo, y mi corazón se detuvo por un instante.

 

—¿Cómo sabes eso? —pregunté, el pánico asomando en mi voz.

 

—Porque también hablé con Marco.

 

Genial. Era lo último que necesitaba.

 

—No necesito un guardaespaldas —afirmé, con más convicción de la que sentía.

 

—No lo soy —replicó Adrián, pero sus ojos decían otra cosa.

 

—Entonces deja de actuar como si lo fueras.

 

Adrián me miró en silencio, y por un momento, el mundo pareció detenerse. Luego, con una voz que apenas era un susurro, dijo algo que me desarmó por completo.

 

—No puedo.

 

—¿Por qué? —pregunté, mi voz temblando ligeramente.

 

—Porque me importas —admitió, su sinceridad golpeándome como una ola.

 

Sentí que el aire desaparecía por un instante.

 

—Eso es ridículo —intenté protestar, pero mi voz sonó débil.

 

—Tal vez —concedió, acercándose aún más—, pero es la verdad.

 

—Apenas me conoces —intenté razonar, aunque una parte de mí ya había cedido.

 

—Lo suficiente —replicó, y su cercanía me envolvió en un calor inesperado.

 

Intenté apartarme, pero él dio otro paso. Ahora estábamos muy cerca. Demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia mí.

 

—Esto es una mala idea —dije, mi voz un susurro.

 

—Lo sé —admitió.

 

—Tu mundo es peligroso.

 

—Sí.

 

—Y yo tengo una vida que proteger.

 

—También lo sé.

 

Entonces, ¿por qué no te alejas? Adrián tardó un momento en responder, sus ojos buscando los míos con intensidad.

 

—Porque cada vez que intento hacerlo… termino volviendo a buscarte —confesó, y su honestidad me dejó sin palabras.

 

El silencio entre nosotros se volvió pesado, cargado de emociones no dichas. Mi corazón latía demasiado rápido, como si intentara escapar de mi pecho.

 

—Adrián… —empecé, pero las palabras se negaron a salir.

 

Porque en ese momento, su mano tocó mi rostro. Suave. Cuidadosamente. Como si tuviera miedo de que desapareciera.

 

—Estás temblando —susurró, sus ojos fijos en los míos.

 

—No.

 

—Sí lo estás.

 

Quise decir algo más, pero él se inclinó ligeramente. Y entonces ocurrió. El beso no fue suave. Fue intenso. Sorprendente. Como si ambos hubiéramos estado evitando ese momento durante demasiado tiempo. Mis manos se cerraron en su chaqueta casi sin pensar. Adrián me atrajo más cerca, y el mundo desapareció. Las calles. Los problemas. Petrov. Todo. Solo quedaba el calor entre nosotros.

 

Cuando finalmente nos separamos, respirábamos más rápido, como si hubiéramos corrido una maratón.

 

—Esto… —murmuré, intentando encontrar las palabras.

 

—Sí —dijo él, su voz cargada de emociones.

 

—Es una mala idea.

 

Adrián apoyó su frente contra la mía, sus ojos cerrados.

 

—Probablemente la peor.

 

Pero ninguno de los dos se movió. Y en ese momento supe algo. Algo peligroso. Algo que podía cambiarlo todo. Ya no podía evitarlo. Porque Adrián Valcázar… se estaba volviendo parte de mi vida

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP