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# Capítulo 6: Demasiado cerca

Esa noche apenas logré conciliar el sueño. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, la misma escena se repetía en mi mente: los hombres en el restaurante, el nombre Petrov resonando como un eco sin fin, y la mirada serena de Adrián, como si aquello fuera solo un capítulo más en su vida cotidiana. Lo más inquietante era que, a pesar del peligro que intuía, no podía dejar de pensar en él.

## En el hospital

A la mañana siguiente, llegué al hospital universitario mucho antes de lo habitual. El aroma familiar a café barato y desinfectante me dio la bienvenida, asegurándome que estaba de vuelta en mi lugar seguro, en mi mundo real.

—Kira, llegas temprano —comentó Liam, uno de los internos más cercanos a mí, mientras hojeaba algunos expedientes con aire distraído.

—No dormí mucho —admití, intentando sonar casual.

—¿Exámenes? —preguntó sin apartar la vista de los documentos.

—Algo así —respondí, tratando de restarle importancia.

Me puse la bata y me preparé para enfrentar la ronda de pacientes. Durante las siguientes horas, me sumergí en lo único que siempre lograba calmar mi mente: el trabajo. Mediciones de signos vitales, diagnósticos precisos, tratamientos específicos. Salvar vidas parecía más sencillo que descifrar los enigmas de la mía.

## Una conversación inesperada

Sin embargo, justo cuando salía de una habitación, algo me hizo detenerme en seco.

—Señorita Valdés.

Era la voz inconfundible del doctor Matthews, mi exigente profesor de cirugía.

—Sí, doctor —respondí, intentando mantener la compostura.

—Acompáñeme a mi oficina un momento —dijo con un tono que me puso en alerta.

Sentí un nudo en el estómago. Sabía que el tono de su voz no auguraba nada bueno. Lo seguí por el pasillo, sintiendo el peso de la incertidumbre en cada paso. Cuando llegamos a su oficina, cerró la puerta tras nosotros, un gesto que nunca presagiaba buenas noticias.

Se sentó detrás de su escritorio y me miró fijamente sobre el borde de sus gafas.

—Kira, eres una de nuestras mejores estudiantes —comenzó, y su elogio solo aumentó mi ansiedad.

—Gracias, doctor —contesté, aunque la preocupación latía en mi interior.

—Por eso lo que voy a preguntarte es importante —continuó, y mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿Entiendo? —musité, intentando mantener la calma.

El doctor Matthews tomó un documento del escritorio y lo sostuvo por un momento.

—Hemos recibido un informe.

Su declaración llenó el aire de un silencio pesado.

—¿Un informe? —repetí, intentando comprender.

—Sobre actividades fuera de la universidad.

El ambiente se volvió opresivo.

—No entiendo.

—Señorita Valdés… ¿participa usted en peleas ilegales?

Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Mi mente buscaba desesperadamente respuestas, excusas, algo que pudiera ayudarme. Pero solo logré decir:

—No.

El doctor Matthews me observó detenidamente.

—Espero que sea cierto.

—Lo es.

—Porque si descubrimos que uno de nuestros estudiantes está involucrado en actividades criminales…

No terminó la frase; no era necesario. Sabía lo que estaba en juego: la universidad, mi carrera, mi futuro entero.

—Puede retirarse —dijo finalmente, y su tono fue una especie de alivio mezclado con advertencia.

Asentí, saliendo de la oficina con un intento de calma que no sentía. Por dentro, estaba temblando. Alguien había hablado, alguien sabía algo, y estaba dispuesto a destruirme.

## Enfrentando la realidad

Esa noche, fui al gimnasio donde solía entrenar antes de las peleas. Golpeaba el saco con más fuerza de lo habitual, intentando liberar la tensión que me asfixiaba. Golpe tras golpe, intentaba exorcizar mis temores.

—Estás enojada.

La voz me hizo detenerme de golpe. Giré y vi a Adrián, apoyado despreocupadamente en la pared, observándome con atención.

—¿Cómo entraste aquí? —pregunté, intentando ocultar mi sorpresa.

—No fue difícil —respondió, con su habitual aire de misterio.

—Eso no responde mi pregunta.

Se encogió de hombros con indiferencia.

—Tengo contactos.

Genial. Tomé una botella de agua, intentando ignorar el hecho de que su presencia me desconcertaba.

—¿Qué haces aquí? —inquirí, tratando de sonar más firme de lo que me sentía.

—Quería verte.

—¿Por qué?

Adrián se acercó lentamente, con una mirada que parecía atravesarme.

—Porque algo no está bien.

Fruncí el ceño, intentando descifrar sus palabras.

—¿A qué te refieres?

—Petrov no envía hombres al azar.

—¿Entonces?

—Si aparecieron anoche… —hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en mí—. Es porque alguien te mencionó.

Sentí un escalofrío recorrerme.

—¿Qué?

—Kira —continuó—. Ahora formas parte del problema.

—Yo no pedí eso.

—Lo sé.

—Entonces arréglalo.

Adrián me miró con una intensidad que me hizo sentir vulnerable.

—Ya estoy intentando hacerlo.

—¿Cómo?

—Investigando.

—¿A quién?

—A todos.

El silencio se extendió entre nosotros.

—¿También a mí?

No respondió, y su silencio fue respuesta suficiente. Solté una risa amarga, como único escape a la tensión que sentía.

—Increíble.

—No es personal.

—Claro que lo es.

Adrián dio un paso más hacia mí. Ahora estaba muy cerca. Demasiado.

—Escúchame, Kira.

—No.

Intenté retroceder, pero su mano tomó suavemente mi muñeca. No con fuerza, pero sí con una determinación que me desconcertó.

—No entiendes lo que está pasando.

—Explícamelo entonces.

Sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad abrumadora.

—Petrov no solo ataca a sus enemigos —dijo, haciendo una pausa para asegurarse de que comprendiera—. Ataca a las personas que les importan.

Mi corazón se detuvo un segundo, procesando el significado de sus palabras.

—¿Y por qué debería importarle a él alguien como yo?

Adrián no vaciló.

—Porque ahora estás cerca de mí.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que resultaba casi tangible. Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

—Tal vez ese es el problema.

—¿Cuál? —preguntó, con una seriedad que me desarmó.

—Estar cerca de ti.

Adrián me observó durante unos segundos que parecieron eternos. Luego dijo algo que me dejó sin aliento.

—Puede ser.

Pero no soltó mi mano. Y lo más inquietante… era que yo tampoco deseaba que lo hiciera.

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