Marian estaba confundida, primero porque el personal le había avisado que tenía una visita, algo nada común, y segundo, porque esa visita era una persona que ella jamás hubiera esperado, su nuera, Isabella.
— Isabella… — Balbuceó perpleja. — Que… Qué gusto…
— ¿Cómo está, señora Collins? — Isabella se levantó del sofá de la sala, en donde esperaba.
— Bien, bien… — La mujer la saludó con un beso en la mejilla. — ¿Y tú?
— Bien, gracias. — Isabella le sonrió afectuosamente y ambas mujeres tomaron a