La mañana comenzó con un silencio irregular, cargado de una quietud extraña. Ni los pasos en el pasillo, ni los susurros del personal de servicio, ni siquiera el leve crujido de las viejas tuberías del ala diplomática acompañaron el despertar de Anya. Había dormido mal. Una inquietud indefinida la había mantenido al filo de la conciencia durante gran parte de la noche, como si su cuerpo ya intuyera que algo no estaba bien.
Cuando abrió la puerta de su residencia en el ala este, el sobresalto fu