Mi mano mantiene serenamente las caricias sobre la cabecita de Leonel.
Ya estamos en casa.
En la supuesta seguridad de nuestro hogar.
Mi bebé ha vuelto a confiar lo suficientemente en mí como para volver a arrastrarse a la seguridad y calor de mis brazos.
Soy incapaz de preguntarle el paradero del colgante que Brenda me hizo ponerle nada más cumplir los dos años de edad.
No me atrevo a hacer un movimiento que pueda volver a arrancarlo de mi lado.
Estoy siendo infantil y egoísta en este momento,