“Eden, no…”
Ignoró las protestas de su tía y abrió de golpe la puerta del dormitorio de Sera. La habitación estaba ordenada, familiar, llena de la mujer que la había criado con manos suaves y mentiras delicadas. Eden fue directo al armario, abriendo cajones, buscando con una desesperación que rozaba la violencia.
“Eden, ¡para!”
Las encontró en una caja con cerradura, escondida bajo los suéteres de invierno. El candado era débil; Eden lo rompió con un solo giro de muñeca y ni siquiera se detuvo