Se quedaron así un momento. Su mano en la de ella, sus ojos fijos, el aire lleno de tensión. Había miedo, ira, y algo más que Eden no quería nombrar.
De pronto, Iwaeka levantó la cabeza. Sus narices se movieron. “¿Hueles eso?”
Eden respiró… y se arrepintió al instante. El aire olía mal: hierbas quemadas, flores podridas, como si la magia se hubiera echado a perder.
“Bruja”, gruñó Iwaeka, soltando su muñeca. “Corre. Ahora.”
“No entiendo—”
“¡Corre!”
Pero ya era tarde.
El ataque vino de los árbole