CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Muy atrás… Dentro de la cueva, el Alfa permaneció inmóvil mucho después de que se hubieran ido.
Su mano descansaba sobre un viejo colgante, ennegrecido por el tiempo. Gemelo del que Maren llevaba puesto.
Un susurro se enroscó por la caverna: suave, femenino, inquietante.
—No puedes huir de tu sangre para siempre.
El Alfa apretó la mandíbula.
—Te enterré, Sahra.
La voz solo rio.
—Y aun así, resurgí en tu hija.
El fuego chisporroteó. La cueva se volvió más fría.
Él exhaló.