CAPÍTULO TREINTA Y UNO
El bosque prohibido no se parecía a ningún lugar que Maren hubiera pisado antes. Sus árboles eran antiguos, imponentes como centinelas, con troncos nudosos y ennegrecidos por el tiempo. La niebla colgaba baja y espesa, enroscándose alrededor de sus pies como espíritus curiosos. No había canto de pájaros. No había viento. Solo el silencio constante de cosas que observaban.
Jace caminaba adelante, con la antorcha en alto. Su llama titilaba de forma extraña: no por el viento