El auto blindado se detuvo frente a la entrada lateral del Hospital Privado Santa Elena a las diez y cuarenta y cinco de la mañana. Cuatro hombres de seguridad bajaron primero, formando un perímetro rápido. Yo iba sentada en el asiento trasero, con las manos frías y el estómago hecho un nudo.
Adrián cumplió su palabra: se quedó dentro del vehículo, con la mandíbula tensa y la mirada fija en la puerta del hospital.
—No entres —le recordé antes de bajar—. No quiero que mi padre te vea.
—Estaré aq