La oferta del enemigo

Dormí sentada en la sala de espera del hospital, con la espalda destrozada, la cabeza apoyada contra la pared y el teléfono vibrando sin parar en mi regazo.

No contesté ninguna llamada.

Ni las de los socios cobardes.

Ni las de periodistas hambrientos.

Ni las de supuestos amigos que querían “saber cómo estaba”.

A las seis y veinte de la mañana, el doctor salió de terapia intensiva.

Me puse de pie tan rápido que casi tropecé.

—¿Mi padre?

—Sigue delicado —dijo—. El infarto fue severo. Las próximas veinticuatro horas son decisivas. Necesita cero estrés. Cero visitas innecesarias. Y, sobre todo, no puede recibir malas noticias.

Solté el aire muy despacio.

—¿Puedo verlo?

—Cinco minutos.

Entré con el corazón hecho pedazos.

Mi padre parecía más pequeño entre los tubos y el monitor cardíaco. Nunca lo había visto vulnerable. Jamás. Para mí siempre había sido un muro: orgulloso, duro, invencible.

Hasta ahora.

Me acerqué a la cama.

—Papá…

Sus párpados se movieron apenas.

—Elena…

Tenía la voz rota.

—No hables —susurré, agarrándole la mano—. Vas a ponerte bien.

Sus dedos apretaron los míos con una fuerza débil y desesperada.

—No firmes nada.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—No confíes… en Varela.

Mi respiración se agitó.

—Dime la verdad. ¿Qué pasó entre tú y Adrián? ¿Qué me ocultaste?

Sus ojos se humedecieron.

Nunca lo había visto así.

—Yo… cometí un error.

—¿Qué error?

La puerta se abrió antes de que pudiera responder.

El abogado de la empresa, Salcedo, entró con un gesto de pánico que me revolvió el estómago.

—Señorita Elena, necesitamos hablar ya.

Salí con él al pasillo.

—¿Qué ocurre ahora?

—La fiscalía acaba de emitir una orden de revisión patrimonial. Tus cuentas personales están en observación y quieren citarte esta tarde.

Sentí un golpe seco en el pecho.

—¿Tan rápido?

—Alguien movió esto en tiempo récord.

Claro. Alguien con poder.

Alguien como Adrián Varela.

—Además… —Salcedo bajó la voz—. El banco suspendió la línea de liquidez. Los acreedores están entrando en pánico. Si no inyectamos capital antes del cierre del mercado, Grupo Rivas cae formalmente en insolvencia.

Me pasé una mano por la cara.

Todo iba demasiado rápido. Demasiado limpio. Como una ejecución planeada al detalle.

—Necesito todos los documentos del caso. Todos.

—Ya los pedí.

—No. Quiero los originales, los movimientos internos, las autorizaciones. Y quiero saber quién filtró la información.

Salcedo dudó.

—Hay algo más.

—Habla.

—El señor Varela está aquí.

Lo miré sin entender.

—¿Aquí? ¿En el hospital?

—Sí. Dijo que esperaría hasta que usted lo recibiera.

Me quedé helada.

—Qué amable.

Salcedo tragó saliva.

—Asegura que viene a ayudar.

Solté una risa amarga.

—Entonces es peor de lo que pensé.

Lo encontré en la cafetería privada del piso ejecutivo.

Como si el hospital también le perteneciera.

Estaba solo, de pie junto a la ventana, con el saco abierto y el teléfono en la mano. Cuando entré, alzó la vista y guardó el móvil despacio.

Ni siquiera se veía cansado.

Yo, en cambio, llevaba el maquillaje corrido, el cabello desordenado y el vestido de la gala de anoche arrugado como una bandera de guerra.

—Te ves terrible —dijo.

—Y tú te ves como si hubieras dormido después de arruinarle la vida a una familia.

—No dormí.

—Lástima.

Me crucé de brazos.

—Tienes dos minutos.

Adrián me estudió con esa intensidad insoportable que siempre parecía desnudar más de lo debido.

—Van a acusarte formalmente antes del mediodía.

Mi estómago se cerró.

—Ya lo sé.

—No. No lo sabes todo. Quieren convertirte en el rostro del fraude. A ti, no a tu padre.

—¿Por qué?

—Porque eres más útil destruida.

Me acerqué un paso.

—¿Y eso también salió de tu brillante estrategia?

Sus ojos se oscurecieron.

—No he movido un dedo contra ti.

—No te creo.

—Lo sé.

Se metió la mano al bolsillo interior del saco y sacó una carpeta delgada.

La dejó sobre la mesa entre nosotros.

—Mírala.

No me moví.

—¿Qué es?

—Tu salvación.

Qué arrogancia. Qué asco.

Aun así, tomé la carpeta.

Adentro había un resumen legal, una propuesta de blindaje patrimonial, una cláusula de representación y… un borrador matrimonial.

Lo miré como si me hubiera puesto una serpiente en las manos.

—¿Qué demonios es esto?

—Un acuerdo.

—Esto dice matrimonio civil.

—Sí.

Me reí.

No pude evitarlo. Fue una risa corta, rota, incrédula.

—Estás enfermo.

—Posiblemente. Pero no equivocado.

Tiré la carpeta sobre la mesa.

—¿Crees que después de lo de anoche voy a casarme contigo?

—No. Creo que después de lo que pase en las próximas tres horas, no tendrás otra opción.

La furia me subió como fuego líquido.

—Vete al infierno.

Él no se inmutó.

—Escúchame de una vez. Si te casas conmigo hoy, tu apellido queda vinculado a Varela Global. Mi equipo absorbe la defensa, frena la fiscalía, congela la narrativa pública y rescata lo poco que quede de tu empresa.

—¿A cambio de qué?

—De ser mi esposa durante un año.

Lo miré fijo.

—Prefiero ir a prisión.

—Puede arreglarse.

—¿Qué?

Se inclinó apenas hacia mí.

—En prisión no durarías una semana con tu apellido y esta clase de escándalo. Y tú lo sabes.

Mi pulso se disparó.

Odiaba que tuviera razón. Odiaba que pudiera leer mis miedos con tanta precisión.

—¿Por qué? —pregunté al fin—. ¿Por qué harías esto?

Su mandíbula se endureció.

—Porque este matrimonio me conviene.

—No eres tan simple.

—Ni tú tan ingenua.

—No vuelvas a llamarme ingenua.

Él apoyó una mano sobre la mesa.

—Entonces deja de actuar como tal. Esto no es romance. No es redención. Es una transacción.

—¿Y qué ganas tú?

Esta vez sí dudó.

Solo un segundo.

—Control.

Mentía.

Lo supe de inmediato.

—No me casaré contigo por una respuesta falsa.

—Entonces cásate por la verdadera.

—Dímela.

Su mirada se clavó en la mía.

—Porque hace siete años me elegiste a mí… y luego tu padre me destruyó.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—Eso no tiene sentido.

—Algún día lo tendrá.

—Habla claro, Adrián.

—No.

La rabia me hizo inclinarme sobre la mesa.

—Vienes, haces caer a mi familia, me ofreces un matrimonio depravado y encima te crees con derecho a esconder la mitad de la historia.

—No escondo la mitad. Solo la parte que todavía no estás lista para escuchar.

Lo abofeteé.

No planeado. No elegante. No racional.

La cafetería quedó en silencio.

Adrián giró el rostro apenas por el golpe, luego volvió a mirarme.

No me sostuvo la mano. No me amenazó. No sonrió.

Eso fue peor.

—Ya terminaste? —preguntó en voz baja.

Mi respiración temblaba.

—Te odio.

—Eso facilita las condiciones.

Se volvió a meter la mano al saco y sacó una pluma plateada.

La dejó junto a la carpeta.

—Tienes hasta las doce.

—No firmaré.

—Entonces a las doce y uno, la fiscalía te citará. A las doce y diez, tus cuentas quedarán congeladas. A las doce y veinte, los socios que anoche fingían amistad comenzarán a entregar sus declaraciones contra ti. Y a la una, los medios publicarán que la brillante abogada Elena Rivas es la mente detrás del fraude.

Se incorporó del todo.

—A las dos, ya no importará si eres inocente.

Quise contestar, pero el teléfono sonó.

Era un número desconocido.

Contesté.

—¿Sí?

La voz de una mujer del otro lado fue seca, oficial.

—¿Señorita Elena Rivas? Le llamamos de la Fiscalía Económica. Debe presentarse hoy a las once treinta para rendir declaración en calidad de investigada.

Sentí el café, el piso, el hospital entero inclinarse.

—Yo…

—Si no comparece, se emitirán medidas cautelares. Le hemos enviado la notificación a su correo.

La llamada terminó.

No levanté la vista enseguida.

No quería darle a Adrián la satisfacción de ver mi miedo.

Pero él ya lo había oído todo.

—Todavía tienes margen —dijo.

—Eres un monstruo.

—Tal vez.

—Y si firmo, ¿qué me garantiza que no me destruirás después?

Adrián se acercó hasta quedar peligrosamente cerca.

Olía a madera oscura, lluvia y poder.

—Nada —susurró—. Pero te garantizo algo peor si no lo haces: esta vez no tendrás cómo defenderte.

Me obligué a sostenerle la mirada.

—Quiero condiciones.

—Entonces ya estás negociando.

—Quiero vivir en un espacio separado.

—Aceptado.

—No tocarás a mi padre.

—Nunca fue mi intención.

—Mi libertad profesional.

—Limitada, pero no anulada.

—No compartiré tu cama.

Por primera vez algo parecido a una sonrisa rozó su boca.

—Eso dependerá de ti.

—Eres insoportable.

—Y tú te estás quedando sin tiempo.

Empujó la carpeta hacia mí por última vez.

—A las doce en el Registro Civil privado del centro. Si no apareces, retiro la oferta.

Lo vi marcharse sin mirar atrás.

Y supe, con un terror humillante, que por primera vez en mi vida estaba completamente sola.

Volví a la habitación de mi padre, pero antes de entrar, mi teléfono vibró con un mensaje anónimo.

Lo abrí.

Era una fotografía vieja.

Yo, a los diecinueve años, besando a Adrián detrás de la facultad.

Debajo, una sola frase:

“Pregúntale a tu padre cuánto le costó separar a su hija del hombre que amaba.”

Se me heló la sangre.

Y en ese instante entendí que aquel matrimonio no solo era una trampa.

Era una venganza que había comenzado mucho antes de la noche anterior.

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