(Punto de Vista: Adrián Varela)
El sabor de Elena aún ardía en mi boca. La había dejado en la habitación, envuelta en las sábanas de seda, exhausta tras la tormenta de furia y pasión que había estallado entre nosotros. Mi pulso seguía desbocado. El solo recuerdo de la sonrisa seductora de mi hermano Dante dirigida hacia mi esposa era suficiente para hacerme querer reducir la ciudad a cenizas.
Estaba sirviéndome un trago en la barra destrozada del ático cuando mi teléfono de seguridad, un canal