—Come, Elena. Solo dos bocados —rogó María, con la voz temblorosa por las lágrimas contenidas.
Elena sacudió la cabeza sin apartar la mirada de la gran ventana, que permanecía cerrada bajo llave. La lujosa habitación de la mansión se sentía como una mazmorra asfixiante. Tenía el estómago vacío y dolorido, pero la opresión en el pecho era mucho más desgarradora.
—Llévatelo, María. No tengo hambre —respondió Elena en un susurro, con la voz ronca.
—El señor Diego me encargó personalmente asegurarm