El reloj de pie del vestíbulo marcaba las ocho de la noche cuando Anne subió por las escaleras, cada peldaño resonando como un tambor en su pecho. La casa —grande, señorial, impoluta— parecía contener la respiración. El aire estaba espeso, como si todo en ese lugar supiera que la vida del patriarca Lewis Benson se apagaba lentamente, segundo a segundo.
En la habitación del ala este, su abuelo agonizaba. El hombre que la había criado en ausencia de su padre y la muerte de su madre. El único que