Un giro inesperado (2da. Parte)
El mismo día
Bagdad
Latifa
No conocer el rostro de mi enemiga era más que una molestia: era una condena. Esa odalisca invisible se movía a su antojo, sonreía a mis espaldas y quizá besaba a mi marido en lugares a los que yo jamás tendría acceso. Si no veía su cara, no podía arrancarla de raíz; si no sabía su nombre, no podía destruirla. Y mientras tanto, mi victoria se me escurría entre los dedos como granos de arena, poniendo en peligro mi posición, mi vida de lujos y hasta el honor de mi apel