El teléfono sonó cuando el reloj de la cocina marcaba las siete en punto. Margaret me lo alcanzó con una expresión que mezclaba alivio y preocupación.
—Debe ser el señor Winchester. Nadie más conoce este número.
Lo tomé con manos temblorosas.
—¿William? —Pregunté a media voz.
—Helena. —Su voz era grave, cansada, pero firme. —¿Ya viste lo que está pasando?
—Margaret me enseñó. Hay cientos de periodistas en la puerta. ¿Qué vamos a hacer?
—Voy a llegar en media hora. He contratado seguridad adicio