Capítulo 50: El pasillo

POV: Sebastian

El ascensor se abre. Piso quince.

Salgo. El pasillo es largo. Blanco. Silencioso. Las puertas de la sala de juntas están cerradas. Pero a través de los vidrios se ven siluetas. Gente adentro. Directores. Peralta. Rodrigo.

Y ella.

Valentina está al fondo, de pie, hablando. No la escucho. Pero la veo. Traje negro. Pelo recogido. La misma postura de la conferencia de prensa. La misma que tiene cuando está peleando por algo que le importa.

Me quedo mirándola un momento. No sabe que estoy aquí.

El corazón me late rápido. No sé qué voy a hacer. No sé si debería estar aquí. No sé si ella quiere que esté aquí.

Dudar es lo único que sé hacer bien desde que abrí ese sobre.

—¿Sebastian?

La voz viene de mi izquierda. Isabel. Apoyada en la pared, con un café en la mano. Me mira con sorpresa. O actúa que se sorprende. Ya no sé distinguir.

—Isabel —digo.

—¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo.

—Yo soy abogada del Grupo. Tengo derecho a estar en una asamblea.

—¿Y yo?

Isabel me mira. Hace una pausa. La justa.

—Sebastian —dice—. ¿Estás seguro de que quieres estar aquí?

—No. Pero vine igual.

—Tal vez deberías pensar si es una buena idea.

—¿Por qué?

Isabel da un paso hacia mí. Baja la voz.

—Porque esto es un campo de batalla. Y tú ya estás herido. No necesitas más balazos.

—No vine a pelear. Vine a estar.

—¿A estar? —Isabel inclina la cabeza—. ¿A estar al lado de alguien que te eligió de una lista? ¿De alguien que se rio de ti con su asistente? ¿De alguien que dijo que eras el menos pelotudo?

Cada palabra es un alfiler.

—Eso fue al principio —digo.

—¿Y ahora? ¿Cómo sabes que ahora es diferente?

—Porque me pidió que vuelva.

—¿Y eso prueba algo? —Isabel me mira fijo—. Yo conozco a Valentina. La conozco hace años. Y sé que no sabe estar sola. Nunca supo. Desde que perdimos a su padre, desde que quedó a cargo del Grupo, siempre necesitó a alguien al lado. No por amor. Por no enfrentar el vacío sola.

—¿Eso es lo que crees?

—No es lo que creo. Es lo que he visto. Durante años. Ella te necesita ahora porque te fuiste. Porque el vacío volvió. Pero necesidad no es amor, Sebastian. Son dos cosas distintas.

La frase me queda clavada.

Necesidad no es amor.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque alguien tiene que decírtelo. Todos los demás te empujan a volver. Mateo, Camila, Renata. Todos quieren el cuento de hadas. Pero yo sé cómo es ella. Y no quiero que termines destruido por alguien que solo te necesita.

—¿Destruido?

—Ya lo estás. ¿O no? Estás aquí, solo, en un pasillo, dudando si entrar a defender a una mujer que no sabe si te quiere o solo te necesita. Eso no es amor. Es cargar con los problemas de otra persona.

Apoyo la espalda en la pared. Isabel tiene razón en algo: no sé si Valentina me quiere o solo me necesita. No sé si lo que siente es real o es miedo a estar sola. No sé nada.

Pero también sé que Isabel no es neutral. Algo en sus palabras no cierra. Demasiado interés en que no entre.

—¿Por qué te importa tanto lo que hago? —pregunto.

Isabel me mira. Pausa. Otra vez la justa.

—Porque no quiero que cometas un error del que te arrepientas.

—¿Y tú? ¿Vas a cometer algún error del que te arrepientas?

La pregunta la descoloca. Solo un segundo. Pero la veo.

—No sé de qué hablas.

—Creo que sí.

Isabel baja la mirada. Se acomoda el pelo detrás de la oreja. Un gesto nervioso.

—Sebastian —dice—. Entra si quieres. Pero no digas que no te advertí.

Se sienta en una silla, saca el teléfono. Me deja solo.

Miro la puerta de la sala. Dudo.

La puerta se abre.

Camila sale con el teléfono en la mano. Me ve. Me mira a mí. Después mira a Isabel. Algo en su cara cambia. Sus ojos se estrechan.

—¿Sebastian? —dice, acercándose—. ¿Qué hace usted aquí?

—Esperando.

—¿Por qué no entra?

—No sé si debo.

Camila baja la voz. Mira hacia atrás, hacia Isabel, que está en la silla mirando el teléfono.

—Tiene que entrar —dice Camila—. Ella lo necesita. Rodrigo la está destruyendo. Peralta no puede solo. Usted tiene que decir que el matrimonio es real.

—No sé si es real —digo.

Camila me mira. Por un segundo, no dice nada.

—¿Cómo que no sabe?

—No sé si lo que siente es real. No sé si me quiere o solo me necesita. No sé nada.

Camila mira hacia atrás otra vez. Hacia Isabel.

—¿Usted habló con Isabel? —pregunta.

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que Valentina no sabe estar sola. Que solo me necesita. Que no es amor.

Camila cierra los ojos. Respira hondo. Cuando los abre, hay algo nuevo en ellos. Furia. O tristeza.

—Sebastian —dice, con una calma tensa—. Isabel no es quien usted cree. Ella...

—Camila —dice Isabel desde el fondo del pasillo, sin levantar la vista del teléfono—. ¿No tienes que estar adentro?

Camila la mira. Luego me mira a mí.

—Entre —dice—. Por favor. No le crea a ella. Entre.

—No puedo.

—¿Por qué no?

Porque Isabel tiene razón en una cosa: no sé si Valentina me quiere. No sé si soy real para ella o solo un reemplazo. Y si entro y digo que la quiero, voy a estar mintiendo. Porque no sé si la quiero. No sé si el amor sobrevive a el menos pelotudo.

No digo nada de esto. Solo me quedo en la pared. Inmóvil.

—Sebastian —insiste Camila.

—Camila —dice Isabel otra vez, más fuerte—. Déjalo. No es asunto tuyo.

Camila la mira. Hay algo en su mirada. Odio. O algo parecido.

—Usted —dice Camila, señalando a Isabel—. Usted es una...

—¿Qué? —dice Isabel, levantando la vista del teléfono—. ¿Qué soy, Camila?

Camila no responde. Me mira a mí. Sus ojos están húmedos.

—Entre —dice, por última vez—. Por favor. Ella lo ama. Yo sé que lo ama. No le crea a ella.

—Camila —dice Isabel, levantándose de la silla—. Cuidado con lo que dices.

Camila la mira un segundo más. Después se da vuelta. Entra a la sala. La puerta se cierra.

Me quedo solo en el pasillo con Isabel.

—Buena amiga —dice Isabel—. Lástima que no entienda nada.

No respondo.

—¿No vas a entrar? —pregunta Isabel.

—No.

—Entonces ¿para qué viniste?

No respondo. Me separo de la pared. Camino hacia el ascensor.

—¿Te vas? —dice Isabel.

No respondo.

—Sebastian.

Llego al ascensor. Presiono el botón. Las puertas se abren.

—Sebastian —dice Isabel otra vez.

Entro. Las puertas se cierran. Isabel desaparece.

En la calle, el teléfono vibra.

Camila: "Sebastian. Isabel es una traidora. Está con Rodrigo. Todo lo que le dijo es mentira. Vuelva. Por favor. Ella la necesita."

Miro el mensaje.

Isabel es una traidora. Todo lo que me dijo es mentira.

Pero no es tan simple. Porque lo que Isabel dijo sobre la lista es verdad. Sobre la frase es verdad. Sobre el principio es verdad.

Que ella trabaje para Rodrigo no cambia eso.

No respondo. Guardo el teléfono.

Camino. Sin dirección. Sin saber.

Adentro, la asamblea sigue. Ella está peleando sola.

Yo me fui.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App