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Capítulo 38: La información

POV: Rodrigo

El teléfono vibra a las dos y media de la tarde.

Hector.

—¿Qué tienes? —pregunto, sin saludo.

—Isabel acaba de llamarme. Almorzó con Valentina. Le confirmó que duermen juntos. Que hay sentimientos.

Me recuesto en la silla.

—¿Estás seguro?

—Isabel le preguntó directamente. Valentina no quiso responder, pero su cara lo dijo todo. Y después soltó que Sebastian durmió en su cama.

—¿Y él?

—También. Isabel dice que los dos están metidos. No es solo contrato.

Silencio.

Proceso la información.

Valentina Monteclair, mi prima, la CEO del Grupo, la heredera favorita de Ernesto, la mujer que nunca mostró una grieta en diez años de carrera, está vulnerable.

No por la empresa. No por el directorio. No por el testamento.

Por un hombre.

Eso es más valioso que cualquier información financiera.

—Bien —digo.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Hector.

—Preparar el sobre.

—¿Ahora?

—Ahora. No voy a esperar a que se sientan más seguros. Entre más tiempo pasa, más se afianza lo que tienen. Hay que golpear antes de que eso sea irreversible.

—¿Y si se recuperan?

—No van a recuperarse. No de esto. Esto no es una asamblea. Esto es personal. Y en lo personal, Valentina nunca supo pelear.

Hector hace una pausa.

—Usa la información con cuidado. Isabel se está arriesgando.

—Lo sé.

—No la quemes.

—No voy a quemarla. Necesito que siga adentro.

—Bien. —Otra pausa—. No falles, Rodrigo.

—No voy a fallar.

Cuelgo.

Me quedo mirando la pantalla del teléfono un momento.

Hector tiene razón en una cosa: Isabel se está arriesgando. Si Valentina descubre que fue ella quien filtró la información, se acabó la amistad. Y probablemente también la carrera de Isabel en Aldenvera.

Pero eso no es mi problema.

Isabel tomó su decisión cuando se acostó con Hector. Cuando eligió a mi tío por encima de mi prima. Cuando decidió que la lealtad a la cama vale más que la lealtad a seis años de amistad.

No es mi problema.

Pero es útil.

Mientras Isabel tenga miedo de ser descubierta, va a seguir haciendo lo que le pedimos. El miedo es más efectivo que la lealtad. La lealtad se negocia. El miedo, no.

Abro el cajón del escritorio.

Saco el sobre.

Lo he mirado cien veces en las últimas semanas. Cada vez, lo guardo de nuevo. Esperando el momento correcto.

Este es el momento correcto.

Adentro está la copia de la carpeta roja de Camila. No la original. Esa está en el departamento de Valentina. Pero tengo una copia. Conseguirla no fue barato, pero valió cada centímetro.

La abro.

Leo las anotaciones de Camila. Una por una. Elegir el veneno correcto es como elegir el traje correcto: tiene que quedar bien, tiene que ser creíble, y tiene que doler exactamente donde se quiere que duela.

No puedo mandarle todo. Demasiada información abruma. La duda necesita espacio para crecer sola.

Primero, la lista de candidatos.

Que Sebastian sepa que hubo otros antes que él. Que hubo un ganadero machista, un emprendedor de aplicaciones para mujeres, un político con apellido pesado, un médico con frases hechas. Que fue uno más. Que compitió contra un catálogo.

Segundo, la anotación de Camila.

"Técnicamente funcional como ser humano."

Esa frase es perfecta. No es cruel. Es peor. Es clínica. Es la evaluación de alguien que lo redujo a un requisito. Como si fuera una pieza más de un engranaje.

Tercero, el remate.

"Es el menos pelotudo."

Eso no va en el primer sobre. Eso va después. Cuando la herida ya está abierta. Cuando Sebastian ya está preguntándose si algo fue real. Ahí es cuando le llega la frase final. La que Valentina dijo en voz alta, riéndose, en su oficina, mientras Camila asentía con separadores de colores.

Dolor por goteo.

Me levanto de la silla.

Voy a la ventana.

Aldenvera se extiende abajo, gris y ruidosa, con el tráfico de las seis de la tarde y la gente yendo a sus casas. Alguien allá abajo está contento. Alguien está triste. Alguien está volviendo con su pareja.

A mí no me importa ninguna de esas personas.

Solo me importa lo que pasa en el piso doce del edificio Serrano. En el departamento neutral. En la cocina con las dos tazas.

Pronto van a dejar de hacerlo.

Pronto Sebastian Varel va a saber que fue una opción. La segunda. La tercera. La que quedaba después de descartar a todos los demás.

Pronto va a preguntarse si lo que siente ella es real o es solo la comodidad de lo que le tocó.

Pronto va a dudar.

Y la duda es más venenosa que cualquier mentira.

Porque la duda viene de adentro.

Vuelvo al escritorio.

Llamo al contacto.

No es la primera vez que uso sus servicios. Es discreto. Rápido. Caro. Nunca pregunta de dónde saco la información.

—Tengo un trabajo para ti —digo.

—Dime.

—Necesito que una persona reciba un sobre. De forma anónima. Sin que sepa de dónde viene. Pero que sepa que es real.

—¿Quién?

—Sebastian Varel, CEO de Varel Industries.

—¿Cuándo?

—Mañana. Temprano.

—Dirección?

Se la doy. La del departamento. No la de su oficina. Quiero que lo reciba en su casa. Quiero que esté solo. Quiero que no tenga a nadie a quien preguntarle si es verdad.

—El sobre —digo—. Que no tenga remite. Pero que tenga una sola palabra escrita en el frente.

—¿Cuál?

Carpeta.

—¿Algo más?

—No. Solo eso.

Cuelgo.

Me quedo con el teléfono en la mano un momento más.

El contacto es confiable. El sobre va a llegar. Sebastian lo va a abrir. Va a leer. Va a sentirse un idiota.

Esa es la parte fácil.

La parte difícil viene después: asegurarme de que no se reconcilien. De que la duda sea más fuerte que cualquier explicación que ella pueda darle.

Para eso necesito a Isabel. Necesito que siga adentro. Que siga escuchando. Que me siga contando lo que pasa en esa cocina cuando yo no estoy.

Isabel no sabe que la estoy usando. Cree que ayuda a Hector. Cree que es lealtad.

Pobre ingenua.

Vuelvo a mirar la carpeta.

Camila Rojas, la asistente más eficiente de Aldenvera. La mujer que organiza la vida de Valentina con separadores de colores y playlists sentimentales. La que cree que el amor se resuelve con música de fondo.

No sabe que le estoy usando su propia herramienta para destruir a su jefa.

Una lástima.

Pero no me voy a detener por eso.

Valentina me ganó en la asamblea. Me ganó con la boda. Me ganó con la conferencia de prensa.

Pero no me va a ganar en esto.

Porque esto no es corporativo.

Esto es personal.

Y en lo personal, Valentina nunca supo pelear.

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