Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Despierto y Sebastian sigue ahí.
No es que esperara que se hubiera ido. Pero tampoco estoy acostumbrada a esto. A despertar con alguien al lado. A escuchar su respiración antes de abrir los ojos. A sentir el calor de otro cuerpo en mi cama.
La cama. Mi cama. La que durante dos semanas fue solo mía y que anoche compartí.
Sebastian duerme boca abajo, con la cara hacia mi lado, el pelo desordenado sobre la almohada. No ronca. Respira despacio, profundo, como si esta fuera la primera vez que duerme bien en semanas.
Probablemente lo es.
Yo también.
Índice Dow está sentado en el umbral de la puerta, mirándonos con la expresión de quien no entiende nada y exige explicaciones. No se las voy a dar.
—Buenos días —dice Sebastian.
No sabía que estaba despierto. Tampoco abrió los ojos. Pero está sonriendo. Ese movimiento pequeño que en los últimos días aprendí a reconocer como su versión de una caricia.
—Buenos días —digo.
Silencio. No el silencio tenso de las dos semanas. Este es otro. Más suave. Más doméstico. El silencio de dos personas que están aprendiendo a estar juntas sin necesidad de llenar el vacío con palabras.
—¿Dormiste bien? —pregunta.
—Sí —digo—. ¿Tú?
—Sí.
—La última vez que dormimos juntos fue una noche —digo—. Y fue diferente.
Sebastian abre los ojos. Me mira.
—¿Diferente cómo?
—No lo sé. Menos consciente, tal vez. Esto es distinto. Esto es despertar y saber que estás ahí. No solo despertar y encontrarte.
Sebastian me mira un momento. No dice nada. Pero su silencio no es vacío. Es el silencio de alguien que entiende.
—A mí también me parece distinto —dice.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Te gusta?
La pregunta es simple. La respuesta también.
—Sí —dice.
Sebastian sonríe. La sonrisa de verdad, no el movimiento pequeño.
—A mí también —digo.
Desayunamos en la cocina.
Él prepara las tazas. Yo no digo nada. No voy a robarle su ritual. Ya aprendí que las dos tazas son suyas. Su manera de decir estoy aquí sin decirlo.
Esta mañana hay algo distinto. No las tazas. El silencio. Es más liviano. Más habitable.
Sebastian termina su café. Lava su taza. Lava la mía. Las deja en el escurridor.
—Tengo reunión a las diez —dice.
—Lo sé.
—¿Vuelvo a las dos?
—No hace falta que preguntes.
—Lo sé. Pero quería hacerlo.
La misma frase. La de todas las mañanas. Pero esta mañana suena diferente. Más cercana. Más suya.
Se va al pasillo. Se detiene. No se voltea.
—Valentina.
—¿Qué?
—Esta noche. ¿En tu cama otra vez?
—Sí —digo.
No lo pienso. No necesito pensarlo.
Él asiente. Sigue caminando. La puerta del departamento se cierra con un clic suave.
Me quedo en la cocina con las dos tazas vacías y una sonrisa que no puedo disimular.
Isabel me escribe a las once.
"¿Almorzamos hoy? Hace siglos que no nos vemos."
Tiene razón. Hace semanas que no nos vemos. Desde antes de la conferencia de prensa. Desde antes de la noche del escritorio. Desde antes de todo.
Le respondo: "Está bien. ¿A la una?"
"A la una. En el de siempre."
El de siempre es una cafetería en el centro. La que elegí yo hace años. La que tiene mesas suficientemente separadas para tener conversaciones que no quieres que escuche nadie.
Hoy no tengo nada que esconder. O sí. Pero no voy a decirlo.
Llego puntual. Isabel ya está sentada. Pide café. Me ve y sonríe.
—Estás diferente —dice.
—¿Diferente cómo?
—No sé. Más relajada. Menos... no sé. Menos Valentina.
—¿Eso es bueno o malo?
—Bueno —dice Isabel—. Creo.
Pedimos el menú. Hablamos de trabajo. De su estudio jurídico. De un caso que le lleva semanas. De una reunión del directorio que ella tuvo con Peralta.
Nada importante. Nada que no pueda decirse en voz alta.
Pero Isabel no es tonta. Isabel me conoce desde hace años. Sabe leer entre líneas.
—¿Cómo está Sebastian? —pregunta, con ese tono de quien pregunta por compromiso pero en realidad está prestando mucha atención.
—Bien —digo.
—¿Solo bien?
—¿Qué más quieres que te diga?
Isabel me mira. Espera. No voy a llenar el silencio. Ya aprendí que con Isabel el silencio es su mejor aliado.
—Anoche durmieron juntos —dice.
No es una pregunta.
El café se me atasca en la garganta.
—¿Cómo sabes? —pregunto.
—No sabía —dice Isabel—. Hasta ahora.
M****a.
Me acaba de sonsacar. Y yo caí como una ingenua.
—Isabel...
—No te preocupes —dice, sonriendo—. No voy a contarle a nadie. Solo quiero saber si estás bien.
—Estoy bien —digo.
—¿Segura?
—Sí.
Isabel asiente. Pero algo en su mirada no termina de cerrar.
—¿Y él? —pregunta—. ¿Él está bien?
—También.
—¿Se lo dijeron?
—¿El qué?
—Que están... no sé. ¿Qué son ahora?
La pregunta me encuentra sin respuesta. Porque no lo sé. No sé qué somos. Solo sé que anoche dormimos juntos. Que esta mañana desayunamos. Que él preguntó si esta noche podía volver a mi cama y yo dije que sí.
Eso no es una respuesta. Pero es lo único que tengo.
—Todavía no —digo.
Isabel asiente. No insiste.
Pero anota. Mentalmente. Lo sé porque la conozco. Isabel anota todo.
El almuerzo termina. Pagamos. Salimos.
—Val —dice Isabel, en la puerta de la cafetería.
—Dime.
—Cuídate.
—Siempre —digo.
Me abraza. Un abrazo largo. De los de antes.
—Te quiero —dice.
—Yo también —digo.
Se va.
Me quedo en la vereda un momento. El día de Aldenvera sigue en marcha con la indiferencia habitual de una ciudad que no sabe que recién le confirmé a Isabel que Sebastian y yo dormimos juntos.
Saco el teléfono.
Un mensaje de Camila. Llegó hace diez minutos. No lo vi.
Lo abro.
"Jefa. Me llegó un rumor medio raro. Que Isabel anda haciendo preguntas sobre el testamento en el estudio de Peralta. Seguro es nada. Pero no quería no decírselo."
Me quedo mirando la pantalla.
Isabel preguntando por el testamento.
Es raro. Pero no tiene por qué significar nada malo. Isabel es abogada. Tal vez tiene un caso. Tal vez alguien le preguntó por trabajo. Tal vez Camila entendió mal.
Sonrío para mis adentros. Camila y sus teorías. Camila y sus separadores de colores. Camila y su manía de querer protegerme de todo.
Guardo el teléfono.
No voy a llamar a Isabel. No voy a preguntarle nada. Sería ridículo. Desconfiar de mi amiga por un rumor.
Pero algo queda. Una pequeña incomodidad. Una astilla mínima.
La guardo también.
Vuelvo al departamento.
Sebastian no llega hasta las dos. Tengo tiempo para no pensar en eso.







