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Capítulo 35: El reservado

POV: Sebastian

Llego al Cendra a las nueve menos cuarto.

Jorge me ve entrar y asiente. No necesita que le pida nada. Sabe que esta noche voy a necesitar el reservado de la izquierda y el whisky antes de que lleguen los otros.

Me siento.

El reservado está vacío. El mismo sillón de siempre, la misma luz tenue, el mismo ruido de fondo del bar que no llega hasta aquí. Siete años de jueves en este lugar. Siete años de venir aquí para hablar de lo que no se habla en otros lados.

Esta noche no sé si voy a poder hablar.

Jorge deja el vaso sobre la mesa. Lo miro. No lo tomo todavía.

El teléfono vibra.

Mateo: "Llego en diez. ¿Andrés viene?"

"Sí", respondo.

"Bien. Así no me toca aguantarte solo."

Guardo el teléfono.

Mateo cree que necesito que me aguanten. No sé si es eso lo que necesito. No sé qué necesito. Esa es la pregunta que no puedo responder desde hace dos días.

Mateo llega primero.

Se sienta sin preguntar. Me mira. Ve el vaso lleno. Ve que no lo toqué.

—Estás mal —dice. No es una pregunta.

—Estoy bien —digo.

—Mentira.

—Lo sé.

Mateo levanta la mano. Jorge entiende. Otro vaso. El mismo whisky.

—¿Qué pasó? —pregunta Mateo.

—No pasó nada. Ese es el problema.

Mateo me mira. Espera. No voy a llenar el silencio. Ya aprendí que con Mateo el silencio es su mejor aliado. Si hablo, hablo porque quiero, no porque él me empujó.

—No hemos hablado —digo—. Desde lo de la conferencia. Desde...

No termino la frase.

—¿Desde qué? —pregunta Mateo.

—Desde la noche anterior.

Mateo asiente. No necesita que le explique cuál noche. Ya lo sabe. Se lo conté a medias hace días, en este mismo reservado, cuando todavía no sabía qué hacer con eso.

—¿Y ella? —pregunta.

—Tampoco habla.

—¿Le preguntaste?

—No.

—¿Por qué no?

Bajo la mirada. Miro el vaso.

—Porque tengo miedo de la respuesta —digo.

Mateo no dice nada. Ese silencio suyo es peor que cualquier reproche.

Andrés llega cinco minutos después.

No saluda. No pregunta nada. Se sienta en su lugar, el de siempre, el que le permite ver la entrada y la salida y los dos al mismo tiempo. Jorge le trae su vaso sin que lo pida. Eso es lo que pasa después de siete años. Nadie pide nada. Todo llega.

Andrés nos mira a los dos. A Mateo. A mí.

—¿Arquitecto? —pregunta. Es su forma de decir cuenten.

Mateo habla primero.

—Sebastian sigue sin hablar con ella.

Andrés me mira. Espera. No es el silencio empujador de Mateo. Es otro silencio. Más paciente. El silencio de alguien que no necesita que hablen para entender.

—No sé qué decirle —digo.

—¿No sabes o no te animas? —pregunta Mateo.

—Las dos cosas.

Mateo toma el whisky. Lo baja con más fuerza de la necesaria.

—Llevas dieciocho meses —dice—. Dieciocho meses queriendo a esta mujer. Te casaste con ella por un contrato. Vives con ella. Dormiste con ella. ¿Y ahora no sabes qué decirle?

—No es tan simple.

—Sí, Sebastian. Es así de simple. La quieres. Díselo.

—¿Y si no es recíproco?

Mateo me mira. Por un segundo, su cara cambia. La impaciencia se va. Queda algo más parecido a la tristeza.

—¿Eso es lo que te paraliza? —pregunta—. ¿El miedo a que no sea recíproco?

No respondo.

—Y si no es recíproco —dice Mateo—, al menos lo vas a saber. Y vas a poder seguir adelante. Pero esto, esto de no hacer nada, te está destruyendo. Y a ella también. Aunque no te lo diga.

Andrés levanta el vaso. Toma un sorbo. Lo baja. No ha dicho una sola palabra desde que llegó.

El silencio del reservado es distinto al de la cocina. No tiene el peso de lo que no se dice. Tiene el peso de lo que ya se dijo y no tiene respuesta.

Mateo termina su vaso. Jorge aparece con la segunda ronda sin que nadie lo llame.

—Hablé con alguien del círculo de Rodrigo —dice Mateo, cambiando de tema. Sabe que no voy a decir nada más esta noche. Sabe que empujar más no sirve—. Sigue buscando el texto completo del testamento. Preguntó en dos lugares distintos esta semana.

—¿Qué lugares? —pregunto.

—Uno en el estudio de Peralta. No consiguió nada. Otro en una escribanía que no conozco. Tampoco.

—Entonces no tiene nada nuevo.

—No —dice Mateo—. Pero no dejó de buscar. Eso es lo que me preocupa. No es un hombre que se rinda.

Lo sé. Rodrigo no se rinde. Rodrigo espera. Rodrigo busca. Rodrigo encuentra.

Como yo. Hace dieciocho meses esperando. Hace dieciocho meses buscando la manera de decir algo que no sé decir.

Andrés me mira.

Sigue sin decir nada.

Pero su mirada dice lo mismo que Mateo, aunque de otra manera. Mateo dice actúa. Andrés dice estoy aquí.

Las dos cosas sirven. Las dos cosas duelen.

Jorge trae la tercera ronda. Nadie la pidió. Es su forma de decir que la noche no terminó, pero que ya no vamos a hablar de nada importante.

Mateo cuenta algo de una reunión del directorio. Andrés asiente. Yo finjo que escucho.

Pero en la cabeza estoy en otro lado.

En la cocina del departamento neutral. Con dos tazas humeando. Con ella apoyada en la encimera, mirándome como si esperara que yo dijera algo.

No dije nada.

Me fui a mi estudio.

Cerré la puerta.

Y ella no cruzó el pasillo.

Los dos esperando. Los dos con miedo. Los dos paralizados.

Salimos del Cendra a las once y media.

Mateo me da una palmada en el hombro antes de irse. No dice nada. No hace falta.

Andrés se queda un momento más en la vereda. Me mira.

—No te voy a decir nada —dice—. No soy Mateo.

—Lo sé.

—Pero si alguna vez quieres hablar, estoy.

—Lo sé.

Andrés asiente. Se va.

Me quedo solo en la vereda del Cendra con el teléfono en la mano y el whisky en la sangre y la certeza de que tengo que hacer algo.

Pero no sé qué.

O sí sé. Y no me animo.

El auto me deja en la puerta del edificio.

Subo. El ascensor. El pasillo. La puerta del departamento.

La abro.

Está oscuro. Valentina ya se fue a su habitación. La luz debajo de su puerta está apagada.

Pero en la cocina hay dos tazas vacías.

Sobre la encimera.

Preparadas.

No las preparé yo.

Me quedo mirándolas un momento.

Ella las preparó.

Ella preparó dos tazas.

Esa es la primera vez.

Me acerco. Las toco. Una está fría. La otra también. Llevan horas ahí.

Ella las preparó y yo no estaba. Llegué tarde. Otra vez.

Saco el teléfono.

Abro el chat con Valentina.

Escribo: "Vi las dos tazas."

Leo la frase. La borro.

Escribo: "¿Todavía estás despierta?"

La borro.

Escribo: "Gracias por las tazas."

La borro.

Escribo: "Tenemos que hablar."

Miro la pantalla.

"Tenemos que hablar."

Cuatro palabras. Las más difíciles que he escrito en dieciocho meses.

No las borro.

Dejo el teléfono sobre la encimera, junto a las dos tazas vacías que ella preparó.

Miro el mensaje.

Todavía no lo envié.

Pero está escrito.

Mañana lo voy a enviar.

O tal vez ahora.

No lo sé todavía.

Pero esta noche, por primera vez, tengo las palabras.

Solo falta apretar enviar.

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