Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Pasaron dos semanas.
No las cuento por los días. Las cuento por los silencios. Por las mañanas en la cocina con dos tazas que él prepara y yo recibo. Por las noches en que cada uno se va a su habitación y cierra la puerta. Por las veces que estuve a punto de cruzar el pasillo y no crucé.
Dos semanas desde la noche del escritorio.
Dos semanas desde que todo cambió y nada cambió.
Esta noche no puedo dormir.
No es insomnio. Es otra cosa. Es la certeza de que en la habitación del otro lado del pasillo hay alguien que tampoco duerme. Lo sé porque escucho los pasos. Primero en su estudio. Después en el baño. Después el crujido de la cama.
Después el silencio.
El silencio de alguien que está despierto y no se mueve.
Ese silencio es peor que cualquier ruido.
Me levanto.
No sé qué voy a hacer. No sé si voy a cruzar el pasillo o si voy a la cocina o si voy a quedarme parada en medio del departamento.
Voy a la cocina.
Y él ya está ahí.
Sebastian está apoyado en la encimera, con las manos vacías, sin tazas, sin agua, sin café. Solo él. Solo la luz de la nevera que se filtra por la rendija y dibuja una línea blanca en el suelo.
Me ve. No se sorprende. Como si supiera que iba a venir. Como si hubiera estado esperando.
—No puedes dormir —dice. No es una pregunta.
—Tú tampoco.
Silencio.
No el silencio de las últimas dos semanas. Ese era un silencio de evitación. De mirar para otro lado. De tener la respuesta en la punta de la lengua y tragarla.
Este es otro silencio.
Más limpio. Más vacío. Más peligroso.
—No puedo seguir así —digo.
Las palabras salen antes de que pueda decidir si son las correctas. Pero son las verdaderas. Eso es suficiente.
Sebastian me mira.
—Yo tampoco —dice.
—¿Entonces qué hacemos?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Bajo la mirada. Miro el suelo. La línea blanca de la nevera. Mis pies descalzos. Los suyos.
—No quiero que esto sea solo un contrato —dice Sebastian.
Levanto la cabeza.
Él no me mira a los ojos. Mira la encimera. Sus manos. El lugar donde deberían estar las dos tazas pero no están porque esta noche nadie preparó café.
—¿Desde cuándo? —pregunto.
—No lo sé. Hace semanas. Tal vez más.
—¿Más de qué?
—Más de lo que debería —dice—. Más de lo que calculé.
Lo miro.
—Yo tampoco calculé esto —digo.
—¿Qué cosa?
—Esto. La cocina a las dos de la mañana. Las dos tazas. El no poder dormir porque sé que del otro lado del pasillo hay alguien que tampoco duerme.
Sebastian levanta la mirada.
Me mira.
—¿Y eso te molesta?
—No —digo—. Eso es lo que me molesta. Que no me molesta.
Él hace ese movimiento pequeño. La sonrisa que no termina de aparecer. Pero está ahí, en los ojos.
—A mí tampoco —dice—. Y también me molesta.
Nos quedamos en silencio. Pero no es el silencio de las dos semanas. Es otro. Más pequeño. Más cerca.
—No sé cómo se hace esto —digo.
—¿Hacer qué?
—Esto. Pasar de un contrato a... no sé. A lo que sea que esto es.
—Yo tampoco sé —dice Sebastian—. Pero podemos no hacerlo solos.
—¿Cómo sería eso?
—No yendo cada uno a su habitación y cerrando la puerta.
El corazón me late más rápido.
—¿Me estás invitando a tu cama? —pregunto.
—A la tuya —dice—. Si quieres. O a la mía. No importa.
—¿Sin que pase nada?
—Sin que pase nada —dice—. Solo dormir. Compartir el mismo techo sin un pasillo de por medio.
—Está bien —digo.
—¿Está bien?
—Sí —digo—. Pero en la mía. Mis sábanas son más suaves.
Sebastian sonríe. No el movimiento pequeño. Una sonrisa de verdad.
—Está bien —dice.
Apaga la luz de la nevera.
Caminamos juntos por el pasillo.
Entramos en mi habitación.
Índice Dow levanta la cabeza desde el sillón del estudio, nos mira, y vuelve a dormirse.
Sebastian se acuesta a mi lado. En mi cama. En la oscuridad.
No nos tocamos. No hablamos.
Pero la puerta queda abierta.
—Valentina —dice Sebastian, en la oscuridad.
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por decir que sí.
Silencio.
—Podrías haber dicho que no —dice Sebastian—. O podrías haberte quedado en la cocina. O podrías haberme dicho que me fuera a mi habitación. Pero dijiste que sí.
—Dije que sí —repito.
—Sí.
—¿Y eso merece un gracias?
—Para mí, sí.
Lo miro en la oscuridad. No veo su cara, solo su silencio. Pero sé que está sonriendo. O algo parecido.
—Entonces de nada —digo.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, Sebastian.
Cierro los ojos.
Su respiración se vuelve más lenta. Más profunda. Se está quedando dormido.
Yo también.
Por primera vez en dos semanas, duermo sin dar vueltas.







