Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Sebastian se fue a su estudio. La puerta se cerró. El clic suave. El mismo de siempre.
Me quedo en la cocina con la encimera vacía y el agua que ya no hierve.
No sé cuánto tiempo paso así. Un minuto. Diez. El tiempo en esta cocina se mide de otra manera desde hace dos días.
El teléfono vibra.
Camila.
"Jefa. ¿Cómo está todo?"
La miro. La pregunta más inocua del universo. Camila no sabe nada de la noche del escritorio. Camila sabe del contrato, sabe de la carpeta roja, sabe que Sebastian era "el menos pelotudo". Pero no sabe esto. Nadie sabe esto.
"Bien", escribo.
Tres puntos. Camila está escribiendo. Pausa. Escribe. Borra. Vuelve a escribir.
"¿Segura?"
"Camila."
"Ya sé. No pregunto más. Pero si necesita hablar, estoy aquí. Con separadores de colores si es necesario."
Sonrío. Es la primera vez que sonrío en todo el día. Camila y sus separadores de colores. Camila y su fe inquebrantable en que todo problema se resuelve con una carpeta bien organizada.
"Gracias, Camila", escribo.
"De nada, jefa. Ah, y la playlist 'Decisiones Valientes' sigue disponible. Solo digo."
"Camila."
"Saliendo del chat. Otra vez."
Guardo el teléfono.
La sonrisa se borra. Vuelve el silencio. Vuelve la encimera vacía. Vuelve la pregunta que no quiero hacerme: ¿qué estoy haciendo?
El teléfono vibra otra vez.
Renata.
"Val. Almorzamos mañana. No es un ofrecimiento. Es una orden."
"No puedo. Tengo reuniones."
"Cancélalas."
"Renata."
"Valentina Monteclair. Hace tres semanas que no te veo. Te casaste, saliste en todos los medios, diste una conferencia de prensa, y yo me enteré por Inés Carrera como el resto de Aldenvera. Almorzamos mañana."
Tiene razón. Renata siempre tiene razón. Es su peor defecto y su mejor virtud.
"Está bien. ¿A la una?"
"A la una. En el de siempre. Y no llegues tarde."
"No voy a llegar tarde."
"Mentira. Pero te lo perdono porque te quiero."
Guardo el teléfono.
Renata. Directa. Sin filtros. La que dice lo que ninguna otra dice. La que me obligó a confesar lo del contrato en la cena de hace semanas. La que me miró con esos ojos de no me creo que el cálculo sea complicado.
Mañana voy a tener que sentarme frente a ella y decirle algo. No todo. Pero algo. Renata no acepta silencios.
El teléfono vibra de nuevo.
Lucía.
Un mensaje. Sin texto. Solo un emoji de corazón y una foto.
La foto es de ella con un libro en la mano. El título no se ve bien. Pero sé que es de alguna teoría feminista que ella lee para entenderme mejor, aunque nunca lo dice.
Abajo del emoji, escribe: "Pensando en ti. Cuando quieras hablar, aquí estoy."
Lucía. La más suave. La que nunca presiona. La que envía un emoji y una foto y ya está. La que no necesita preguntar porque espera.
Le respondo con un corazón. Nada más. Es suficiente.
El teléfono vibra por cuarta vez.
Daniela.
"Mañana no puedo almorzar. Pero pasa por mi estudio a las cinco. Tengo algo para ti."
Daniela. La más crítica. La que mira todo con lupa. La que en la cena dijo la frase que todavía me resuena: "El problema es que ya no suenas como alguien que quiere que esto termine."
No sé qué tiene para darme. Un libro. Un consejo. Una observación quirúrgica que me va a doler y voy a necesitar.
"Está bien", escribo.
"Bien", responde Daniela.
Y se acabó. Daniela no necesita más palabras.
Apoyo el teléfono sobre la encimera.
Cuatro mensajes. Cuatro personas. Cuatro formas distintas de quererme.
Camila con sus separadores de colores y su fe en que todo se ordena. Renata con su empuje y su paciencia infinita disfrazada de rudeza. Lucía con su suavidad que no pide nada. Daniela con su precisión quirúrgica.
Y yo aquí, en esta cocina, sin saber qué responderle a ninguna.
No porque no tenga respuestas. Porque las respuestas que tengo son todas sobre el contrato, sobre Rodrigo, sobre la asamblea, sobre la empresa. Nada sobre mí. Nada sobre cómo estoy. Nada sobre lo que siento.
Porque no lo sé.
O lo sé y no quiero decirlo.
El teléfono vibra otra vez.
Camila otra vez.
"Jefa. Una cosa más."
"Dime."
"Sebastian. ¿Está bien él también?"
Me quedo mirando la pantalla.
Camila preguntando por Sebastian. Camila, que no sabe lo de la noche del escritorio, pero que intuye. Camila, que siempre intuye. Es su don y su condena.
"No lo sé", escribo.
"¿Quiere que averigüe?"
"¿Cómo?"
"No sé. ¿Una carpeta? ¿Una playlist? ¿Un separador de colores para sus sentimientos?"
"Camila."
"Ya sé. Demasiado. Pero igual lo pregunto: ¿está bien?"
Lo miro. La pregunta es simple. La respuesta no.
"Creo que no", escribo finalmente.
"¿Y usted?"
"Tampoco."
Pausa. Más larga que las anteriores.
"Entonces los dos están mal. Eso es algo, ¿no?"
No sé si eso es algo. Pero Camila lo dice con tanta convicción que casi quiero creerle.
"Puede ser", escribo.
"Entonces voy a preparar una playlist nueva. Se va a llamar 'Dos personas que están mal pero están juntas'. ¿Qué le parece?"
"Camila."
"Saliendo. Esta vez de verdad."
Guardo el teléfono.
La cocina sigue igual. La encimera vacía. El agua fría. El silencio.
Pero algo cambió. No adentro. Adentro sigue todo igual de quieto. Pero afuera, en los mensajes, hay gente que me espera. Gente que me quiere. Gente que me va a hacer preguntas que no quiero responder.
Mañana Renata. Mañana Daniela.
Dos preguntas distintas. Dos formas distintas de decir cuéntame qué te pasa.
Y yo sin saber todavía qué contestar.
Miro el pasillo.
La puerta del estudio de Sebastian sigue cerrada.
Podría abrirla. Podría entrar. Podría sentarme en el sillón y no decir nada y que él no diga nada y que estemos juntos en silencio.
Pero no me muevo.
En lugar de eso, tomo el teléfono y escribo un mensaje. No a Renata. No a Lucía. No a Daniela. No a Camila.
A Sebastian.
"¿Trabajas mucho más?"
Tres puntos.
"Un par de horas. ¿Necesitas algo?"
"No. Solo quería saber."
Pausa.
"Bien. Avisa si necesitas algo."
"Lo haré."
Guardo el teléfono.
No es un gran paso. No es cruzar el pasillo. No es sentarse en su estudio. No es ninguna de las cosas que debería hacer.
Pero es algo.
Un mensaje. Una pregunta. Una respuesta.
Camila tiene razón en una cosa: los dos estamos mal. Pero estamos juntos en esto. Aunque sea desde habitaciones separadas. Aunque sea con un pasillo de por medio. Aunque sea con dos tazas que él prepara y yo recibo.
Eso es algo.
No sé si es suficiente. Pero es algo.