Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Despierto en mi cama.
Mi cama. No la de él. La mía, con mis sábanas, mi luz, mi lado de la mesita de noche donde Índice Dow duerme enroscado como si nada hubiera pasado.
Como si nada hubiera pasado.
Esa frase se queda en el aire de mi habitación con la insolencia específica de las frases que saben que son mentira y que les importa muy poco.
Anoche dormí sola.
Bueno, no sola. Índice Dow ronca a mi lado con la conciencia tranquila de quien no tiene contratos matrimoniales ni cláusulas dieciséis ni conversaciones pendientes con el CEO de Varel Industries.
Lo que pasó entre Sebastian y yo — el escritorio, el pasillo, su cama, mi nombre dicho de una manera que todavía me produce algo en el pecho cuando lo pienso — ocurrió hace dos días.
Ayer tuvimos la conferencia de prensa.
Ayer él me tomó la mano frente a dieciséis periodistas.
Ayer volvimos al departamento, nos miramos en la cocina, dijimos bien tres veces y nos fuimos a dormir a habitaciones separadas.
Separadas.
Como si nada.
Me levanto.
El piso está frío. La casa está en ese silencio específico de las mañanas donde todavía no hay ruido de ninguna de las dos habitaciones. No sé si Sebastian está despierto. No sé si debería saberlo. No sé si eso es algo que una esposa — legal, contractual, estratégica, la palabra ya no me queda clara — debería saber.
Voy a la cocina.
Y ahí está.
Sebastian ya está en la cocina.
No lo escuché levantarse. No lo escuché cruzar el pasillo. Pero está ahí, apoyado en la encimera, con el pelo todavía desordenado y la camisa de ayer — dormir con la camisa puesta, qué clase de psicópata hace eso — y dos tazas humeando sobre la encimera.
Dos tazas.
Ya las preparó.
No tuve que hacer nada. No tuve que pensar en si sacaba dos o una. No tuve que decidir nada. Él ya lo hizo.
Eso produce algo en mí que no sé clasificar. No es incomodidad. No es ternura. No es ninguna de las cosas que tengo nombre para ponerle. Es algo más pequeño y más insistente. Algo que dice te conoce, te anticipó, pensó en ti antes de que tú pensaras en ti.
Se detiene cuando me ve.
Me mira a mí.
Mira las tazas como si recién ahora se diera cuenta de que sacar dos es un gesto que significa algo.
—Buenos días —dice.
—Buenos días —digo.
Silencio.
El tipo de silencio que no es incómodo pero que tampoco es el silencio de antes. Antes el silencio en esta cocina era el espacio donde construíamos lo que no decíamos en voz alta. Este silencio es distinto. Este silencio tiene el peso específico de lo que pasó y que ninguno de los dos ha nombrado todavía.
Me acerco.
Tomo mi taza.
La sostengo con las dos manos y me apoyo en la encimera frente a él, como si la distancia fuera un acuerdo tácito que los dos necesitamos esta mañana.
—¿Dormiste bien? —dice.
La pregunta más inocua del universo. La pregunta que la gente se hace cuando no sabe qué preguntar y necesita llenar el vacío con algo que no duela.
—No —digo.
Porque mentir esta mañana requeriría una energía que no tengo.
Sebastian me mira.
—Yo tampoco —dice.
Silencio.
El agua del café ya hirvió hace rato. El hervidor está apagado. Sebastian lo preparó todo antes de que yo apareciera. La cocina huele a café y a la mañana y a él.
—Deberíamos hablar —dice Sebastian.
Las dos palabras que nadie quiere escuchar nunca. Las dos palabras que significan que algo está roto o que algo está a punto de romperse o que alguien decidió que ya no puede seguir fingiendo que nada pasó.
—¿Deberíamos? —digo.
—No lo sé —dice Sebastian—. Eso es lo que tendríamos que hablar.
Bajo la taza.
La apoyo sobre la encimera con el cuidado de alguien que necesita tener las manos libres para procesar lo que acaba de escuchar.
—No sé qué se supone que tengo que hacer ahora —digo.
Sebastian me mira.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que el contrato no tenía una cláusula para esto —digo—. Lo revisé. Lo redacté yo. No hay una sección que diga qué hacer si te acuestas con tu esposo de papel y después no sabes cómo mirarlo al día siguiente sin que se te caiga la cara.
Sebastian hace ese movimiento pequeño. El más cercano a una sonrisa sin calcular que tiene.
—Suele pasar —dice.
—¿Qué suele pasar?
—Que los contratos no contemplan todo.
Lo miro.
Él me mira.
Hay una conversación que podríamos tener ahora. Una conversación donde uno de los dos dice esto no fue solo el contrato y el otro responde lo sé y después hay un silencio distinto y después algo cambia.
No es esta mañana.
Ninguno de los dos dice eso.
En lugar de eso, tomo el café que él preparó y digo:
—Peralta llamó anoche. Después de que te fuiste a dormir. Rodrigo pidió una reunión con los directores que votaron en contra en la asamblea. Quiere recomponer.
—Lo sé —dice Sebastian—. Me envió un mensaje a las once. No le respondí.
—¿Por qué?
—Porque no sabía qué decirle sin que sonara a que ganaste y él perdió. Y técnicamente ganaste. Pero anoche no me sentí como si hubieras ganado nada.
Bajo la taza otra vez.
Esa palabra. Ganar. La usé yo misma hace un momento. Pero dicha por él, con ese tono, suena a otra cosa.
—¿Cómo te sentiste anoche? —digo.
La pregunta lo encuentra sin defensas. Lo veo en la manera en que sus dedos rodean la taza un poco más fuerte.
—Solo —dice.
La palabra sale sin adornos. Sin elaboración. Sin la ironía que él usa como escudo igual que yo.
Silencio.
No digo yo también. No digo lo siento. No digo ninguna de las cosas que la gente dice para llenar el silencio después de una palabra como solo.
Solo lo miro.
Y eso, esta mañana, en esta cocina con las dos tazas que él preparó y la luz del este y el peso de la noche del escritorio todavía fresco, es todo lo que tengo.
—No debería sentirme solo —dice Sebastian, más para él que para mí—. La empresa está bien. El directorio está controlado. Rodrigo no tiene el texto completo del testamento. Todo está bajo control.
—Todo está bajo control —repito.
—Sí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Y si todo está bajo control, ¿por qué te sentiste solo anoche?
Sebastian me mira.
Yo lo miro.
Sebastian Varel, que hace dos meses era mi competidor más consistente en tecnología, el hombre cuya propuesta de fusión rechacé en veinte minutos, el CEO que nunca me tuvo miedo.
Ahora está en mi cocina — nuestra cocina — con el pelo desordenado y una taza de café que preparó él mismo, diciendo que se sintió solo después de que ganáramos todo.
No sé cuándo pasó esto.
No sé en qué momento el contrato dejó de ser un contrato y empezó a ser esto.
—Porque ganar no es lo mismo que no estar solo —dice finalmente.
Asiento.
No digo nada más.
Termina el café.
Deja la taza en el fregadero con el cuidado de alguien que sabe que esto es nuestro departamento y que lavar la taza es una forma de no irse del todo.
—Tengo una reunión a las diez —dice—. Pero vuelvo a las dos.
—No hace falta que avises —digo.
—Lo sé —dice—. Pero quería hacerlo.
Se va al pasillo.
Se detiene.
No se voltea.
—Valentina.
—¿Qué?
—Anoche también pensé en ti.
Y sigue caminando.
La puerta de su habitación se cierra con un clic suave, el tipo de clic que no es un portazo pero que tampoco es una invitación a entrar.
Me quedo en la cocina con las dos tazas vacías y la luz de la mañana y la palabra solo flotando en el aire.
Dos personas que ganaron todo lo que había que ganar.
Dos personas que durmieron en habitaciones separadas después de la noche que cambió todo.
Dos personas que no saben cómo decirse lo que necesitan decirse.
Y una cocina donde él sigue preparando dos tazas sin que nadie se lo pida.
Eso, al menos, no cambió.