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Capítulo 31: El después

POV: Sebastian

Volvemos al departamento en autos separados.

Lo decidimos sin hablarlo — Valentina tiene llamadas que hacer en el camino y yo también y los dos lo sabemos y ninguno lo dice en voz alta porque decirlo implicaría reconocer que estamos coordinando algo que excede el contrato desde hace tiempo.

En el auto el teléfono vibra.

Mateo.

Abro el mensaje.

Dice: La mano.

Solo eso.

Escribo: Lo sé.

Mateo: ¿Estaba en el guión?

Yo: No.

Mateo: Bien. Aunque si vas a tomarle la mano en público la próxima vez avísame para no enterarme por Inés Carrera como el resto de Aldenvera.

Yo: No hubo próxima vez todavía.

Mateo: Todavía.

Cierro el teléfono.

Por la ventana del auto Aldenvera pasa con la indiferencia habitual de una ciudad que no sabe que algo cambió esta tarde en la sala de conferencias del tercer piso del edificio del Grupo.

Llego primero al departamento.

Voy a la cocina.

Pongo agua a calentar.

Saco dos tazas.

Me quedo mirándolas un momento.

Llevan semanas siendo la cosa más honesta de este departamento — más honesta que el contrato, más honesta que las apariciones públicas, más honesta que todos los silencios cargados en el pasillo a las dos de la mañana.

Dos tazas sin que nadie las pida.

Simple.

Cuando Valentina llega — quince minutos después, con el teléfono en la mano y la energía específica de alguien que acaba de cerrar cuatro conversaciones difíciles y que está a punto de abrir una más — se detiene en la puerta de la cocina.

Me mira.

Mira las tazas.

Me mira de nuevo.

—¿Cuándo empezaste a hacer eso? —dice.

—No sé exactamente —digo.

Valentina me mira con esa expresión que tiene cuando alguien le dijo algo que sabe que no es completamente verdad pero que decide no presionar todavía.

—Mentira —dice.

—Mentira —confirmo.

Valentina entra a la cocina.

Toma su taza.

La sostiene con las dos manos y me mira por encima del borde.

—Dos directores llamaron después de la conferencia —dice—. A favor. Peralta dice que la narrativa está contenida por ahora.

—Lo sé.

—Rodrigo va a reaccionar. Probablemente ya está calculando el siguiente movimiento con Hector.

—Probablemente.

—Lo cual significa que mañana va a ser complicado.

—Probablemente también.

Valentina me mira.

—¿Vas a decir algo que no sea lo sé o probablemente?

—Lo de anoche no fue el contrato —digo.

Silencio.

Valentina baja la taza.

La deja sobre la mesada con la precisión de alguien que necesita tener las manos libres para procesar lo que acaba de escuchar.

—Sebastian —dice.

—¿Qué?

—Ya sé que no fue el contrato.

—¿Lo sabes?

—Lo supe cuando te callé —dice Valentina—. Y cuando no me arrepentí de haberte callado. Y cuando esta mañana lo primero que hice fue no irme.

Eso produce algo en mí que no tiene ninguna función estratégica y que existe de todas formas con una claridad que no deja ninguna duda.

—Bien —digo.

—Bien —dice Valentina.

Silencio.

Luego Valentina hace algo inesperado.

Se ríe.

No mucho. Solo un poco. Con la expresión de alguien que acaba de darse cuenta de lo absurdo de la situación específica en que se encuentra — dos CEOs en una cocina a las nueve de la noche después de una conferencia de prensa y una filtración de Rodrigo y una noche que ninguno de los dos planeó, diciéndose bien el uno al otro como si eso resolviera algo.

—¿Qué? —digo.

—Nada —dice Valentina—. Es que Simone de Beauvoir definitivamente no escribió un capítulo sobre esto.

—¿Sobre qué exactamente?

—Sobre estar en la cocina con tu marido de papel que ya no es exactamente de papel discutiendo si lo de anoche fue el contrato o no mientras Rodrigo Monteclair planea tu destrucción corporativa en algún lugar de Aldenvera con una taza de té que nadie te pidió.

—No —digo—. Eso es un nicho muy específico.

—Muy específico —dice Valentina.

Silencio.

Este tiene menos peso que los anteriores.

Tiene algo que se parece más a espacio — como si algo que llevaba semanas tenso se hubiera soltado un poco sin que ninguno de los dos lo decidiera.

—¿Estás bien? —digo. No como CEO revisando el estado de su aliada. Con la otra energía.

Valentina me mira.

—Sí —dice.

—¿De verdad?

—De verdad —dice—. Lo cual es raro porque debería estar más preocupada por Rodrigo y por el directorio y por lo que viene mañana y en cambio estoy aquí en la cocina riéndome de Simone de Beauvoir.

—La vida es así a veces —digo.

—Eso es lo menos Sebastian Varel que has dicho en dos meses —dice Valentina.

—Lo sé.

Valentina se ríe otra vez.

Más esta vez.

Y eso — ese sonido, en esta cocina, esta noche — produce algo en mí que no tengo manera de nombrar todavía pero que sé que voy a querer seguir produciendo durante mucho tiempo.

—Mañana Peralta —dice Valentina finalmente.

—Mañana Peralta —confirmo.

—Y Rodrigo.

—Y Rodrigo.

—¿Y esto? —dice Valentina, con un gesto vago que incluye la cocina y las tazas y aparentemente todo lo que pasó en las últimas veinticuatro horas.

—Esto también —digo—. Cuando haya tiempo.

Valentina asiente.

—Cuando haya tiempo —repite.

No como postergación.

Como promesa.

Que es distinto.

Y es suficiente.

Por ahora es suficiente.

Diez meses de contrato que esta noche se sienten como otra cosa completamente.

Y una cocina donde por primera vez en semanas el silencio no tiene el peso de lo que no se dijo sino el peso de lo que puede decirse cuando llegue el momento correcto.

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