Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
Salgo del departamento a las nueve y cuarenta y cinco.
No porque tenga una reunión a las diez — la reunión es a las once — sino porque necesito estar afuera antes de que ella salga de la cocina y tengamos que mirarnos otra vez sin saber qué decir.
Cobarde.
Lo sé.
Cierro la puerta con el clic suave que aprendí en estas semanas, el que no es un portazo pero que tampoco es una invitación a nada. El clic neutral. El clic del departamento neutral. El clic de dos personas que tuvieron sexo hace dos días y todavía no lo han nombrado.
En el ascensor reviso el teléfono.
Mateo escribió a las ocho y catorce: "¿Sobreviviste?"
No le respondí.
No supe qué responder.
Sobrevivir implica que hubo un peligro. Que hubo algo que pudo matarte. Y anoche no hubo peligro. Anoche hubo una cocina con dos tazas y una mujer que me miró como si estuviera esperando que yo dijera algo que no supe decir.
Eso no es peligro. Es otra cosa.
Una cosa para la que no tengo nombre y para la que Mateo, con catorce años de conocerme, tampoco lo tiene.
Afuera el día de Aldenvera está en marcha con la indiferencia habitual de una ciudad que no sabe que dos personas durmieron en habitaciones separadas después de la noche que cambió todo.
Mi chofer me espera en la esquina.
—¿A la oficina? —pregunta.
—Sí —digo.
Pero no me muevo.
Me quedo en la vereda un momento más, mirando la fachada del edificio donde está el departamento neutral. El departamento que eligió Valentina. El departamento donde ella duerme al este y yo duermo al norte y las dos tazas las preparo yo.
Eso también lo aprendí en estas semanas. Que ella nunca prepara las tazas. Que aparece cuando el agua está lista y el café está servido y yo estoy apoyado en la encimera esperando. Que nunca me lo pidió. Que yo nunca ofrecí. Simplemente ocurrió.
Como todo lo demás.
Como la noche del escritorio.
Como la conferencia de prensa.
Como la mano que no retiró.
La reunión es a las once pero llego a las diez y media.
Andrea me mira cuando entro. No dice nada. Lleva ocho años trabajando conmigo y ha aprendido que cuando llego temprano es porque necesito estar aquí, no porque tenga trabajo urgente.
—Mateo llamó —dice—. Preguntó si estabas bien. Le dije que sí.
—Gracias —digo.
Cierro la puerta de mi oficina.
Me siento.
No abro la computadora.
Mi escritorio está igual que siempre. Los mismos papeles. La misma ventana. La misma vista de Aldenvera que no cambia lo suficiente para que uno la note.
Pero hay algo distinto esta mañana. Algo que no está en el escritorio. Algo que no está en ninguna parte excepto en mi cabeza.
La cara de Valentina cuando le dije anoche también pensé en ti.
No dijo nada. No tuvo que decir nada. Su silencio fue la respuesta. No un silencio incómodo. No un silencio de rechazo. Un silencio de yo también pero no sé cómo decirlo.
Llevo dieciocho meses queriendo a esta mujer.
Dieciocho meses de no nombrarlo.
Dieciocho meses de decir situación compleja en el Cendra mientras Mateo me miraba con la paciencia de alguien que ya sabía.
Y ahora ella está al otro lado de un pasillo, en un departamento que compartimos, con un contrato que firmamos, y no sé cómo decirle lo que siento sin que parezca que lo digo porque el contrato me obliga.
Porque ya no es el contrato.
No lo era desde antes de la noche del escritorio. No lo era desde las dos de la mañana en la cocina, cuando ella apareció con el teléfono en la mano y yo ya había sacado dos tazas sin pensar.
El teléfono vibra.
Mateo otra vez: "¿Hablaron?"
Escribo: "No."
Mateo: "¿Y?"
Yo: "No sé."
Mateo: "Sebastian."
Yo: "¿Qué?"
Mateo: "Díselo."
Lo miro un momento.
"Decir qué."
Mateo: "No me hagas escribir lo que ya sabes."
Guardo el teléfono.
Mateo tiene razón. Como siempre. Pero decírselo implica saber cómo empezar. Y no sé cómo empezar. No sé cómo decir te quiero después de dieciocho meses de no decirlo sin que suene a rendición.
Porque no es rendición.
Es otra cosa.
Una cosa que tiene el nombre de Valentina Monteclair y que no sé cómo pronunciar en voz alta.
Llamo a Valentina a las doce y media.
No porque tenga algo que decir. Porque necesito escuchar su voz antes de que pase otro minuto de esta mañana donde no sé nada de ella.
Contesta al tercer tono.
—¿Sebastian?
—Sí —digo.
Silencio.
El mismo silencio de la cocina. El mismo peso.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —digo—. ¿Tú?
Silencio.
Valentina no responde de inmediato. Escucho su respiración al otro lado de la línea.
—Estoy bien —dice finalmente.
Silencio.
—¿Segura? —pregunto.
—No —dice—. Pero es lo que hay.
Bajo el teléfono un momento. Lo subo.
—Vuelvo a las dos —digo.
—Lo sé —dice—. Lo dijiste.
—Lo sé. Pero quería decirlo otra vez.
Silencio.
El tipo de silencio que no es incómodo. El tipo de silencio que es una caricia sin manos.
—Bien —dice Valentina.
—Bien —digo.
Cuelgo.
Me quedo mirando el teléfono más tiempo del necesario.
Mateo tiene razón. Tengo que decírselo.
Pero no hoy.
Hoy solo voy a volver a las dos. Y voy a preparar dos tazas. Y voy a esperar que ella aparezca en la cocina. Y vamos a no hablar de lo que no sabemos hablar.
Y eso, por ahora, es suficiente.
Termino la reunión a la una y cuarto.
Andrea me mira cuando salgo.
—¿Te pasa algo? —pregunta.
—No —digo.
—Sebastian.
—Andrea.
—Llevo ocho años trabajando contigo —dice—. No me mientas.
Me detengo.
La miro.
Andrea tiene esa expresión que tienen las personas que te conocen bien: no necesita que le digas nada. Ya lo sabe. Solo espera que lo confirmes.
—Estoy bien —digo.
—No pregunté eso —dice Andrea—. Pregunté si te pasa algo.
Silencio.
—Sí —digo.
—¿Quieres hablarlo?
—No —digo—. Pero gracias.
Andrea asiente. No insiste. Esa es la razón por la que sigue trabajando conmigo después de ocho años.
Salgo de la oficina.
El auto me espera.
—Al departamento —digo.
Mi chofer asiente.
Aldenvera pasa por la ventana con la indiferencia habitual de una ciudad que no sabe que voy a volver a un lugar donde alguien me espera.
Ojalá me estuviera esperando.
Pero Valentina no es de esas. Valentina no espera a nadie. Valentina está en su estudio con la computadora encendida y Simone de Beauvoir mirándola desde la pared, y cuando llegue voy a preparar dos tazas y ella va a aparecer en la cocina cuando el café esté listo.
Como siempre.
Como espero que siga siendo.