Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Son las once de la noche y estoy en mi estudio con tres reportes abiertos y la certeza de que ninguno de los dos va a quedar listo esta noche porque llevo cuarenta minutos mirando el mismo párrafo sin leerlo.
No es el párrafo.
Es el silencio del departamento.
Es el tipo de silencio que tiene peso propio — no ausencia de ruido sino presencia de algo que ninguno de los dos nombró todavía y que esta noche se siente más cerca de la superficie que de costumbre.
Índice Dow duerme sobre el sillón con la indiferencia habitual de quien no tiene reportes pendientes ni amenazas de Rodrigo ni conversaciones sin terminar al otro lado del pasillo.
Afortunado.
Debería estar leyendo el análisis del tercer trimestre. En cambio, estoy pensando en la reunión con Peralta de esta tarde, en el siguiente movimiento de Rodrigo que todavía no llegó, en la conversación con las amigas que todavía no terminé de procesar.
En lo que Sebastian dijo en la cocina sobre la mesa de Ernesto.
En las dos tazas a las dos de la mañana.
En la caja que ya no está en la entrada y que todavía no sé qué tenía adentro.
Apago la pantalla.
La prendo de nuevo.
El análisis del tercer trimestre sigue sin leer.
Escucho pasos en el pasillo.
Una pausa frente a mi puerta.
Dos golpes.
—¿Sigues despierta? —dice Sebastian.
—Sí —digo.
La puerta se abre.
Sebastian entra con una taza que no le pedí, con la naturalidad de alguien que lleva semanas haciendo esto y que ya no necesita preguntarlo.
—Café —dice, dejándola sobre el escritorio.
—Son las once de la noche —digo.
—Lo sé.
—El café a las once de la noche no me ayuda a dormir.
—No vine a ayudarte a dormir —dice—. Vine a ver si estabas bien.
Se queda de pie.
Mira la pantalla.
—¿El análisis del tercer trimestre?
—Desde hace cuarenta minutos —digo—. La introducción.
—¿La introducción de dos páginas?
—La misma.
—Cierra el reporte —dice.
—Lo necesito para mañana.
—Lo necesitas para mañana a las tres —dice—. Son las once de la noche. Tienes dieciséis horas.
Tiene razón.
Cierro el reporte.
Sebastian toma la silla del rincón — la que nunca uso, la que tiene una chaqueta mía encima desde hace dos semanas que ninguno de los dos movió — y se sienta con la naturalidad de alguien que no pidió permiso pero que tampoco necesitó pedirlo.
Hablamos de la reunión con Peralta. De Rodrigo, que perdió la asamblea, pero cuyo silencio posterior no es derrota sino espera. De los movimientos legales disponibles y los que no lo son. De lo que Peralta dice sobre la solidez del matrimonio en papel.
—¿Y lo que no está en el papel? —dice Sebastian en algún momento.
—Lo que no está en el papel no le importa a Rodrigo legalmente —digo—. Le importa lo que puede usar.
—Que no es lo mismo —dice.
—Lo sé.
Hay un silencio después de eso que ninguno de los dos apresura.
Es una conversación que podría tener con cualquier aliado estratégico a las once de la noche antes de una reunión importante.
Excepto que no lo es.
No lo es desde hace tiempo y los dos lo sabemos aunque ninguno lo haya dicho en voz alta en este estudio esta noche.
En algún momento Sebastian señala algo en la pantalla y se inclina hacia adelante para ver mejor los números y de repente está demasiado cerca y yo no me muevo para crear distancia y él tampoco.
Un segundo.
Los dos lo notamos al mismo tiempo.
El segundo dura más de lo que debería.
Sebastian no dice nada.
Yo tampoco.
La pantalla sigue encendida con el análisis del tercer trimestre que no leí. Índice Dow sigue durmiendo. La taza de café que no pedí sigue sobre el escritorio.
Todo igual.
Excepto que Sebastian está demasiado cerca y ninguno de los dos hizo nada con eso todavía.
Lo que pasa en ese segundo no tiene nada que ver con el análisis del tercer trimestre ni con Rodrigo ni con el contrato ni con ninguna de las cosas que debería estar procesando a las once de la noche en mi estudio.
Lo que pasa en ese segundo tiene que ver con las dos tazas a las dos de la mañana.
Con la pregunta sobre el desayuno que no era sobre el desayuno.
Con la caja que ya no está en la entrada.
Con que Sebastian Varel lleva semanas siendo la persona que aparece cuando no se lo pido y que eso, que debería ser irrelevante dentro de un contrato con fecha de vencimiento, no lo es en absoluto.
Con que llevo semanas sabiendo eso y no haciendo nada con eso porque hacer algo con eso implicaría admitir que el contrato ya no es lo único que hay.
Que no lo es desde hace tiempo.
Que probablemente los dos lo sabemos.
Llevo treinta y dos años siendo una persona que toma decisiones con información suficiente. Que espera tener el panorama completo antes de actuar. Que no avanza hasta estar segura.
Esta no es esa clase de decisión.
Esta es la otra clase — la que no espera tener toda la información porque si espera nunca va a tener suficiente y el momento va a pasar y después no va a quedar nada excepto la pregunta de qué hubiera pasado si hubiera actuado cuando todavía podía.
Simone de Beauvoir escribió que la mujer libre está comenzando a existir.
No escribió nada sobre qué hacer cuando la libertad y el deseo apuntan en la misma dirección y la única manera de saberlo con certeza es actuar.
Lo beso.
No es una decisión que tomé antes de hacerlo.
Es una decisión que tomé exactamente en el momento en que ocurrió, que es la única manera en que vale la pena tomar ciertas decisiones.
Sebastian no retrocede.
Me toma de la cintura.
Me sube al escritorio.
Y me devuelve el beso.







