Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
El escritorio es incómodo.
Sebastian lo nota al mismo tiempo que yo y me baja sin soltarme. Mis piernas encuentran su cintura solas. Cruzamos el pasillo así y en el camino pierdo la chaqueta contra la pared y él pierde la corbata y cuando llegamos a mi cuarto ya hay menos ropa que antes y ninguno de los dos lo planeó exactamente así pero tampoco ninguno lo detiene.
Me sienta en la cama.
Se pone de pie frente a mí y se quita la camisa sin apresurarse y yo lo miro porque no puedo no mirarlo y porque no quiero no mirarlo. Sus hombros, su pecho, la línea de su cintura — todo eso produce calor en lugares específicos y concretos que llevan semanas ignorados.
Se me acerca.
Sus manos en mis caderas. Me arrastra al borde de la cama. Su boca en mi cuello — despacio, con propósito — y luego en mi clavícula y luego en el lugar debajo de mi oreja que hace que me agarre a sus hombros sin decidirlo y que suelte un sonido que no esperaba escuchar de mí misma.
Me desabotona la camisa despacio. Botón por botón, con los pulgares siguiendo el camino entre cada uno, sin ninguna prisa. Me mira mientras lo hace y esa mirada me calienta la piel antes de que sus manos lleguen. Cuando termina me la saca y la deja caer.
Me saca el sujetador.
Baja la boca a mis pechos — primero uno, luego el otro, con la lengua y con los dientes muy suave — y yo echo la cabeza hacia atrás y agarro sus hombros con las dos manos y dejo de pensar en cualquier otra cosa que no sea lo que está haciendo ahí, exactamente ahí, con esa paciencia que tiene para todo.
Sus manos bajan por mis costillas, por mi cintura, hasta la cremallera de mi falda. La bajan despacio, centímetro a centímetro. Me la sacan. Y luego sus dedos encuentran el borde de mi ropa interior y la bajan también y me dejan completamente expuesta frente a él y él me mira un momento antes de bajar.
Cuando su boca llega ahí cierro los ojos.
Lo que hace produce sonidos que salen de mí sin que yo los decida. Sonidos que llenan el cuarto. Sonidos que no reconozco como míos hasta que me doy cuenta de que sí lo son y que no me importa porque estoy demasiado ocupada en lo que está pasando.
Sus manos sostienen mis caderas contra la cama.
No me deja moverme.
La lengua de Sebastian sabe exactamente lo que hace y aprende rápido lo que produce más y lo repite y lo varía y lo repite de nuevo sin ninguna prisa y sin ninguna intención de parar antes de tiempo.
Mi espalda se arquea sola.
Mis dedos en su pelo, sosteniéndolo, guiándolo sin que él necesite que lo guíen.
—Sebastian —digo, cuando ya no aguanto más.
No para.
—Sebastian —repito, más urgente.
—¿Qué? —dice, sin parar, contra mi piel caliente.
—Por favor —digo.
Se detiene apenas un segundo. Solo un segundo.
—¿Por favor qué? —dice.
Lo odio y lo deseo a partes iguales en ese momento exacto.
—Por favor déjame —digo.
—¿Dejarte qué? —dice, y su voz tiene algo que no había escuchado antes.
—Sebastian.
—Valentina.
—Por favor —digo, y esta vez el tono que tiene esa palabra no deja ninguna ambigüedad sobre lo que estoy pidiendo y lo que necesito ahora mismo y que no puedo esperar más.
Me lo permite.
Cuando lo hace arqueo la espalda completamente, agarro las sábanas con las dos manos, y el sonido que sale de mí llena el cuarto entero.
Todavía estoy en ese momento cuando lo agarro del hombro y lo tiro a la cama.
Se deja caer sin resistir.
Me subo encima de él.
Lo miro desde arriba y él me mira desde abajo con esa mirada suya que esta noche tiene un significado completamente distinto a todos los anteriores y me tomo un segundo para mirarlo también — para mirarlo de verdad, desde aquí, desde este lugar donde soy yo quien decide qué pasa y cuándo y a qué ritmo.
Entro en él despacio.
Muy despacio.
Sin apartar los ojos de los suyos.
Sus manos en mis caderas, sosteniéndome, pero sin dirigir. Solo sosteniéndome. El ritmo lo pongo yo.
Y el ritmo que pongo es el que quiero.
Despacio primero — sintiendo cada centímetro, cada movimiento, el calor de su cuerpo debajo del mío — y luego más rápido cuando quiero más rápido y más profundo cuando quiero más profundo y sus manos en mis caderas siguiéndome sin intentar tomar el control que esta noche es mío.
Lo escucho respirar cada vez más irregular.
Lo escucho decir mi nombre.
Yo digo el suyo. Varias veces. Con varios tonos.
Sus manos aprietan mis caderas más fuerte y sé que está cerca y eso me acerca también y el ritmo ya no es lento ni controlado sino todo lo que necesito que sea en este momento exacto.
—¡Valentina! —dice.
Y en ese momento termina dentro de mí.
Y yo también termino, con los ojos cerrados y la espalda arqueada hacia atrás y su nombre en mi boca y sus manos sosteniéndome para que no caiga.
Después miramos el techo.
Su respiración todavía irregular.
La mía también.
El departamento completamente en silencio.
—Lo cierro mañana —digo finalmente.
—¿Qué? —dice Sebastian.
—El análisis del tercer trimestre. Sigue abierto en la pantalla.
Sebastian hace un sonido que no es exactamente una risa pero que se le parece.
—Bien —dice.
Silencio.
Este es distinto a todos los silencios anteriores de este departamento.
No tiene el peso de lo que no se dijo.
Tiene el peso de lo que se dijo de otra manera.
—Sebastian —digo.
—¿Qué?
—No sé qué hace esto con el contrato.
—Yo tampoco —dice.
—¿Eso te preocupa?
Pausa.
—No esta noche —dice.
Lo miro.
Él me mira.
—No esta noche —repito.
Y es suficiente.
Por ahora es suficiente.
Índice Dow duerme en el sillón del estudio, ajeno a todo.
Afortunado.







