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Capítulo 25: Esta vez en serio

POV: Sebastian

Mateo llega al Cendra a las nueve en punto.

Lo cual en Mateo significa que llegó diez minutos antes y esperó afuera hasta que el reloj marcó la hora, porque Mateo es el tipo de persona que considera que la puntualidad es una forma de respeto y que llegar antes es tan descortés como llegar tarde.

Llevo ahí desde las ocho y cuarenta y cinco.

Lo cual en mí significa que necesitaba diez minutos de silencio antes de que llegara alguien que me conoce lo suficiente para leer lo que no digo.

Jorge nos trae el café sin que nadie lo pida porque son las nueve de la mañana y el Cendra no es solo un bar de noche — es también el lugar donde algunas conversaciones necesitan más luz que la de un reservado a las once de la noche.

Mateo se sienta.

Me mira.

—Esta vez en serio —dice, citando mi mensaje de anoche con el tono de alguien que lleva catorce años esperando exactamente este mensaje y que no va a desperdiciarlo.

—Esta vez en serio —confirmo.

—¿Por dónde empiezo a preguntar?

—No preguntes —digo—. Déjame contar.

Mateo asiente.

Toma el café.

Y yo cuento.

Le cuento sobre el testamento de Ernesto Monteclair y la cláusula matrimonial. Sobre los noventa días y la llamada que recibí de Valentina. Sobre el no inicial y la razón por la que dejé de decir no. Sobre el contrato, los términos, las cláusulas, la separación de bienes, la disolución programada.

Le cuento sobre las apariciones públicas y el departamento neutral y la mudanza con una sola caja. Sobre las dos de la mañana en la cocina y el mensaje que mandé a medianoche y lo que pasó con Fernando Salas y el enfrentamiento que siguió.

Le cuento sobre la boda, el martes en la oficina de Peralta, la planta solitaria en el rincón, el momento en que nuestros dedos se rozaron al pasarse el bolígrafo y ninguno de los dos lo comentó, el bombón de maracuyá que Camila sacó de una caja como si eso fuera todo el ceremonial que el momento merecía.

Sobre la asamblea. Sobre la foto en la caja y los tres libros y el mensaje que envié anoche.

Mateo no me interrumpe.

Es la primera vez en catorce años que me escucha durante veinte minutos sin interrumpir.

Lo cual dice algo sobre lo que está escuchando.

Cuando termino hay un silencio largo.

Jorge pasa cerca. Ve el silencio. Sigue de largo. Siete años de reglas no escritas funcionando perfectamente.

—Dieciocho meses —dice Mateo finalmente.

—Dieciocho meses.

—Y no me dijiste nada.

—No —digo—. No te dije nada.

—¿Por qué?

—Porque nombrarlo implicaba admitirlo —digo—. Y admitirlo implicaba hacer algo con eso. Y hacer algo con eso dentro de un contrato que tiene fecha de vencimiento es más complicado que no nombrarlo.

Mateo me mira.

—¿Tiene fecha de vencimiento? —dice.

—El contrato la tiene. Lo que sea que está pasando dentro del contrato no sé si la tiene.

—¿Qué está pasando dentro del contrato?

Me quedo en silencio un momento.

Esta es la pregunta. La que llevo semanas sin responder en voz alta.

—No lo sé con precisión —digo—. Lo que sé es que no es solo estrategia. Lo supe hace tiempo. Lo que no supe hacer fue hacer algo con eso sin romper algo que los dos construimos con cuidado.

—¿Ella sabe?

Anoche llegó del restaurante y cerró la puerta y el silencio que dejó era distinto al de siempre. No sé qué pasó en esa junta. Pero sé que algo cambió.

—Ella sabe algo —digo—. No sé exactamente qué. Pero hay conversaciones que tuvimos donde los dos sabíamos que no estábamos hablando de lo que decíamos que estábamos hablando.

Mateo asiente despacio.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé todavía.

—Sebastian.

—¿Qué?

—¿La quieres?

El reservado queda en silencio.

Jorge pasa cerca otra vez. Esta vez ni siquiera nos mira.

—Sí —digo.

Miro el café.

Es la primera vez que lo digo en voz alta. No como situación compleja. No como dato. Como lo que es.

Mateo me mira durante un momento largo.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo eso?

—Dieciocho meses —digo—. Aunque no lo llamaba así.

—¿Cómo lo llamabas?

—Interés profesional —digo—. Admiración. Reconocimiento de alguien que opera al mismo nivel. Todas las versiones que funcionan mientras no tienes que decirlo en voz alta en el Cendra a las nueve de la mañana frente a alguien que lo supo antes que tú.

Mateo hace ese sonido que hace cuando algo le parece exacto y gracioso al mismo tiempo.

—Lo supe hace dos años —dice—. Cuando empezaste a no mencionar su nombre.

—Lo sé —digo.

—¿Ella lo sabe? —dice de nuevo. Pero esta vez la pregunta es distinta. No sobre si Valentina sabe lo del contrato. Sobre si Valentina sabe lo que acabo de decir.

—No —digo—. No todavía.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Antes o después de que venza el contrato?

Me quedo en silencio.

—Esa es la pregunta —digo finalmente.

—Sí —dice Mateo—. Esa es exactamente la pregunta. Porque si vence primero ella va a pensar que lo dijiste porque ya no había contrato. Y no va a saber si lo dijiste porque es verdad o porque era seguro decirlo cuando ya no había nada que perder.

Lo que Mateo acaba de decir es exactamente lo que no quería pensar pero que supe en el momento en que lo dijo que era verdad.

—Lo sé —digo.

—¿Lo vas a hacer? ¿Antes de que venza?

—Lo voy a intentar —digo.

Mateo asiente.

Pedimos otro café.

La conversación deriva, Mateo me pregunta sobre Rodrigo, sobre qué viene después de la asamblea. Le digo que Rodrigo perdió esta batalla pero que no va a parar.

Que tiene algo guardado que todavía no usó, lo sé por la manera en que salió de esa sala, demasiado tranquilo para alguien que acaba de perder.

Mateo escucha con la concentración de alguien que está construyendo un mapa.

—¿Valentina lo sabe? —dice.

—Sabe que Rodrigo no terminó —digo—. No sabe exactamente qué viene.

—¿Y tú?

—Tampoco —digo—. Pero lo estoy mirando.

—¿Y lo otro?

—¿Cuál otro?

—Lo que dijiste hace veinte minutos —dice Mateo.

Silencio.

—Eso también —digo—. Lo estoy mirando también.

Salimos del Cendra a las once y cuarto.

Aldenvera ya está en marcha con la energía habitual de un viernes que no sabe lo que acaba de pasar en el reservado de la izquierda.

—Sebastian —dice Mateo antes de irse.

—¿Qué?

—Que me alegra que lo hayas enviado esta vez.

Se va.

Me quedo en la vereda un momento.

Luego saco el teléfono.

Abro el chat con Valentina.

Lo miro.

Lo cierro.

Todavía no.

Pero ya no voy a esperar dieciocho meses más.

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