Capítulo 24: La caja

POV: Sebastian

Valentina llega tarde del restaurante.

Lo sé porque escuché la puerta a las once y cuarto y porque el silencio que dejó después de cerrarla era distinto al silencio habitual, más cargado, del tipo que dejan las conversaciones importantes que todavía no terminaron de asentarse.

No salgo a preguntar.

Me quedo en mi dormitorio con la caja sobre la cama.

La caja que lleva semanas siendo el objeto más postergado de este departamento.

La miro un momento.

Hay una diferencia entre no estar listo y estar evitando algo. Llevo semanas diciéndome lo primero. Esta noche, con el silencio cargado de Valentina al otro lado del pasillo y los mañanas postergados acumulados, entiendo que era lo segundo.

La abro.

Adentro hay tres libros y una foto.

Los libros primero.

El Principito. La edición que me regaló mi madre cuando tenía ocho años, con las esquinas dobladas y una dedicatoria en la primera página.

La leo en voz alta.

—Para que nunca olvides que lo esencial es invisible.

Silencio.

—No lo olvidé —digo.

Lo guardé en esta caja hace tres años cuando me mudé por última vez porque era lo único que no podía dejar en una bodega. No porque sea valioso en ningún sentido que Aldenvera reconocería.

Porque es el único objeto que tengo que me recuerda quién era antes de ser CEO de nada. Antes de que el trabajo se convirtiera en identidad y la identidad en algo que uno administra en lugar de vivir.

Hay una línea que mi madre subrayó antes de regalármelo que dice que las personas mayores nunca entienden nada por sí solas y que los niños tienen que explicarles todo siempre. La leí a los ocho años y me pareció injusta. La leo ahora y me parece exacta.

Lo dejo sobre la cama.

La edición que compré en una librería de segunda mano cuando tenía diecinueve años y que subrayé con una intensidad que ahora me parece excesiva y que de todas formas no cambiaría.

Abro en el capítulo ocho.

La frase sigue ahí, escrita con lápiz en el margen con la letra de alguien que todavía no sabía exactamente qué tipo de persona iba a ser.

—El poder no es un medio, es un fin —leo en voz alta.

Pausa.

—Diecinueve años —digo—. Ya lo sabía. No lo escuché suficiente.

Guardarlo en la caja era una manera de no olvidarlo. No sé si funcionó del todo. Pero está acá. Eso es algo.

Lo dejo sobre la cama.

El fin de la pobreza de Jeffrey Sachs. Este no tiene esquinas dobladas ni subrayados. Lo leí hace cuatro años después de una conversación con un director de una fundación que me preguntó qué hacía yo con lo que tenía más allá de hacerlo crecer.

Lo sostengo un momento.

—Todavía no tengo la respuesta —digo. Al libro, no a nadie—. Pero cambié tres decisiones de inversión ese mes. Eso cuenta.

Lo dejo sobre la cama.

Me quedo mirando los tres juntos.

Nadie que me conoce en Aldenvera sabe que tengo estos tres libros. Hay una versión de mí que existe para Aldenvera — calculada, estratégica, siempre con la respuesta correcta disponible — y hay esta versión que existe en esta cama con estos tres libros esta noche.

Valentina tiene un póster de Simone de Beauvoir en su estudio.

Yo tengo una edición desgastada de El Principito en una caja.

Somos, los dos, personas distintas a las que Aldenvera cree que somos.

Al otro lado del pasillo escucho un ruido pequeño. Un cajón. O la silla de su estudio.

Podría salir.

No salgo.

La foto es lo último.

La saco del sobre donde la guardé hace dos años con el cuidado de alguien que no quería que se doblara pero que tampoco quería admitir por qué le importaba que no se doblara.

Es una foto de la sala de reuniones del Grupo Monteclair.

Del día que Valentina rechazó la propuesta de fusión.

Ella está de pie frente a la mesa, con la postura de alguien que ya tomó la decisión antes de que la reunión terminara y que está esperando que los demás lo entiendan.

No está mirando a la cámara. Está mirando a uno de mis directores con la expresión de alguien que acaba de decir algo que no tiene intención de repetir y que tampoco necesita que lo aplaudan.

Me quedo mirándola.

—No estaba enojado esa noche —digo en voz alta.

Pausa.

—Estaba mirándola. Estuve mirándola durante toda la reunión y cuando terminó guardé la foto porque no quería que se me olvidara esa cara. Esa cara específica que pone cuando sabe exactamente lo que vale lo que tiene y no necesita que nadie se lo confirme.

Me quedo en silencio un momento.

—Pensé que era admiración profesional —digo—. Me lo dije durante dieciocho meses. Que era el reconocimiento de alguien que sabe leer a las personas y que había leído a alguien interesante.

La foto sigue mirando hacia ninguna parte.

—No era solo eso —digo—. No era solo eso desde el principio y los dos lo sabemos, aunque ninguno de los dos lo haya dicho todavía.

Dejo la foto sobre la mesita de noche.

Saco el teléfono.

Abro el chat con Mateo.

Pienso en todas las veces que escribí algo y lo borré. En los dos años de jueves en el Cendra donde dije situación compleja y supe perfectamente que eso no era la respuesta.

Escribo: Necesito contarte algo. Esta vez en serio.

Lo miro.

—Esta vez en serio —repito en voz alta.

No lo borro.

Lo envío.

Tres puntos de que Mateo está escribiendo casi de inmediato.

Mateo: Cuándo.

Yo: Mañana. Cendra.

Mateo: A las nueve.

Dejo el teléfono sobre la mesita, boca arriba.

Me quedo sentado en la cama con los tres libros y la foto y el chat con Mateo abierto y el silencio de Valentina al otro lado del pasillo.

Contárselo a Mateo es el primer paso.

El segundo paso es más difícil porque implica una conversación con alguien que vive al otro lado de ese pasillo y que esta noche llegó del restaurante con algo distinto en el silencio y que probablemente tampoco sabe cómo empezarla.

Pero el mensaje está enviado.

Y la caja está abierta.

Y los libros están sobre la cama en lugar de guardados donde nadie los ve.

Eso es más de lo que tenía esta mañana.

Miro la puerta.

Pienso en salir a saludar.

Esta vez no lo hago.

Pero la próxima vez que salga al pasillo va a ser distinto.

Y los dos lo vamos a saber.

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