Capítulo 23: La junta

POV: Valentina

La junta es el jueves a las ocho en el restaurante de siempre.

Llego cinco minutos tarde, que en el idioma de este grupo significa que llegué exactamente a tiempo porque ninguna de las tres espera que yo llegue puntual a algo que no tenga agenda corporativa.

Renata, Lucía y Daniela ya están sentadas.

Renata con la energía de alguien que lleva una semana guardando preguntas y que esta noche decidió que es suficiente.

Lucía con el teléfono sobre la mesa — señal de que ya revisó todo lo que había que revisar sobre el tema y que ahora quiere la versión que no sale en los artículos.

Daniela con una copa de vino y la calma específica de quien ya formó una opinión y está esperando que los hechos la confirmen o la corrijan.

Me siento.

—Hola —digo.

—Valentina Monteclair —dice Renata.

—Renata Solís —digo.

—¿Cuándo ibas a contarnos?

—Esta noche —digo—. Por eso estamos aquí.

Renata me mira.

Lucía me mira.

Daniela toma el vino.

—Empieza —dice Renata.

Empiezo.

Les cuento que Sebastian y yo nos conocíamos desde hace tiempo en el circuito corporativo de Aldenvera. Que hubo una reunión hace dos años donde algo cambió aunque ninguno de los dos lo nombró en ese momento. Que cuando las circunstancias se alinearon de una manera particular — sin entrar en detalles sobre las circunstancias — lo contacté y que la conversación fue directa y que las cosas avanzaron con una velocidad que sorprendió a los dos. Les digo que es una relación inusual porque los dos somos personas inusuales y que compartir espacio con alguien que funciona al mismo nivel que tú produce una dinámica que es difícil de describir desde afuera pero que desde adentro tiene una lógica propia —

—Para —dice Renata.

Me detengo.

—Para —repite Renata, con el tono de alguien que lleva varios minutos escuchando mentiras y que acaba de decidir que no va a escuchar ni una más—. Val. Somos nosotras. Para con el festival.

Silencio.

Lucía me mira.

Daniela deja la copa sobre la mesa.

—¿Qué festival? —digo.

—El que acabas de darme —dice Renata—. Llevabas dos minutos hablando como si estuvieras siendo entrevistada por Inés Carrera. Eso no es contarnos lo que pasó. Eso es la versión que preparaste en el auto.

No respondo.

—¿La preparaste en el auto? —dice Lucía.

Silencio.

—Val —dice Renata.

—Sí —digo.

—Bien —dice Renata—. Entonces empieza de nuevo. Sin la entrevista.

Me quedo mirando la mesa un momento.

Estas son doce años de conversaciones en este restaurante. De mensajes a las dos de la mañana cuando algo se rompió. Son las personas que estuvieron cuando mi padre murió, cuando perdí el primer proyecto grande, cuando Rodrigo hizo su primer movimiento y yo no le dije a nadie porque no quería parecer vulnerable.

Siempre supe la diferencia entre la narrativa para Aldenvera y la verdad para acá.

No puedo darles la narrativa.

—Hay una cláusula en el testamento de Ernesto —digo—. Que establece que para mantener la presidencia del Grupo tenía que casarme antes de cumplir los noventa días desde su muerte. Lo leí, lo procesé, y en cuarenta y ocho horas había decidido que Sebastian Varel era la opción más viable. Lo contacté. Le propuse un contrato. Matrimonio de papel, términos negociados, duración mínima, separación de bienes, cláusula de disolución cuando se cumpla el plazo.

—¿Tú lo propusiste? —dice Lucía.

—Yo lo propuse.

—¿Y él aceptó? —dice Daniela.

—Dijo que no en un primer momento —digo—. Hasta que mencioné que si Rodrigo ganaba la presidencia iba a cortar los suministros que Varel Industries tiene con el Grupo.

—O sea lo amenazaste —dice Lucía.

—Le presenté el panorama completo —digo.

Renata me mira durante un momento largo.

—Val —dice.

—¿Qué?

—Llevas diez años diciéndonos que las mujeres no deberían tener que comprometer su autonomía para mantener lo que construyeron. Que las estructuras que nos fuerzan a elegir entre la vida profesional y la personal son exactamente el problema. Que el matrimonio como institución tiene una historia de control que ninguna mujer debería normalizar.

Miro la copa.

No la toco.

—Lo sé —digo.

—Y te casaste por una cláusula que te escribió tu abuelo.

—Lo sé —digo de nuevo.

—¿Y?

—Y no tenía otra opción.

—Siempre hay otra opción —dice Renata.

—Renata —dice Lucía.

—¿Qué?

—Para —dice Lucía—. Escúchame. Valentina construyó esa empresa durante diez años sola, sin que nadie se lo pidiera, contra todo lo que la familia Monteclair le puso en el camino. Si una cláusula absurda que escribió un hombre muerto era lo único que se interponía entre ella y perder todo eso, entonces hizo exactamente lo que cualquiera de nosotras hubiera hecho. Y si lo hizo de una manera que contradice algunas de sus convicciones, eso no la hace una traidora. La hace humana.

Silencio.

Renata mira a Lucía.

Luego me mira a mí.

—Sé que hiciste lo que tenías que hacer —dice finalmente, con un tono distinto al anterior—. Lo entiendo. Pero también sé que a ti misma te cuesta entenderlo. Y eso es lo que me preocupa.

Pausa.

—Y también me preocupa —dice Renata, más bajo— que no te creo cuando dices que el cálculo es complicado. Te creo cuando dices que no sabes qué hacer con eso. Eso es distinto.

Lucía da vuelta el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo llevan con este acuerdo? —dice.

—Casi tres meses.

—¿Y nadie lo sabe?

—Peralta. Camila. Ustedes ahora.

—¿Por qué Sebastian específicamente? —dice Renata. No con hostilidad esta vez. Con la precisión de alguien que quiere entender la lógica completa.

—Porque era la mejor opción disponible —digo—. Inteligente. Sin complicaciones sentimentales previas. Capaz de sostener la narrativa sin que nadie lo cuestionara.

—¿Sin complicaciones sentimentales previas? —repite Renata.

—Eso fue lo que calculé —digo.

—¿Y ahora?

No respondo de inmediato.

—Ahora el cálculo es más complicado —digo finalmente.

—¿Cómo de complicado? —dice Lucía.

—Complicado en el sentido de que hay cosas que no estaban en el contrato —digo—. Como que a las dos de la mañana aparece en la cocina con dos tazas sin que nadie se las pida. O que pregunta cómo fue para ti algo, no cómo resultó. Cosas así.

Las tres me miran.

Nadie dice nada durante un momento.

—Eso es un sí —dice Lucía finalmente.

—Eso es un no sé —digo.

—Val —dice Lucía—. Llevan tres meses viviendo juntos, coordinando una boda, enfrentando una asamblea, y lo que describes no suena a contrato. Suena a otra cosa.

—Suena a contrato con complicaciones —digo.

—Suena a que te importa —dice Lucía.

—Todo mi proyecto empresarial me importa.

—Lucía no habla del proyecto —dice Renata.

—Lo sé —digo.

Silencio.

—¿Estás bien? —dice Daniela.

—Estoy bien —digo.

—¿Bien bien o bien porque es lo que dices?

Reconozco la frase. La usó Sebastian una vez. Que ahora me la diga Daniela produce algo que no esperaba.

—No lo sé —digo.

Renata me mira con esa mirada que tiene cuando está a punto de decir algo que sabe que no quiero escuchar y que va a decir igual.

—¿Lo quieres? —dice.

—No tengo respuesta disponible para eso esta noche.

—¿Por qué no?

—Porque si la tuviera ya no estaría sentada aquí diciéndoles que no sé.

Renata asiente.

Lucía pide otra copa.

Daniela lleva varios minutos en silencio antes de decir lo único que importa.

—Val —dice.

—¿Qué?

—El problema no es el contrato.

La miro.

—El problema es que ya no suenas como alguien que quiere que esto termine.

El restaurante sigue en marcha con el ruido habitual de un jueves por la noche.

Yo me quedo quieta con la copa en la mano y las tres mirándome y la observación de Daniela instalada en el silencio de la mesa con la precisión de algo que no se puede desarmar porque no es una pregunta.

Es la verdad.

Y la única respuesta disponible es el silencio que acabo de darle.

Lo que es, en sí mismo, una respuesta.

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